viernes 21 junio 2024

Santa teresa la nueva

En el lado oriental del Centro Histórico, se ubica este impresionante templo, que tiene sus raíces en el histórico convento de la Orden de Carmelitas Descalzas, cuya construcción se remonta a los albores del siglo XVIII. Este sitio encarna la riqueza de nuestra herencia arquitectónica y es un testimonio vivo de nuestra historia cultural.

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Huellas francesas en la Ciudad de México

Historia de MéxicoHuellas francesas en la Ciudad de México

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En México durante el siglo XIX, las influencias francesas se hicieron patentes en la capital del país. Este artículo examina cómo la aculturación francesa marcó un hito histórico trascendental para la Ciudad de México.

El siglo XIX mexicano estuvo plagado de disensiones políticas y confrontaciones bélicas, tanto internas como externas. Sin embargo, también es cierto que después de la emancipación del yugo español en 1821, se abrieron las puertas al comercio foráneo y la inmigración, factores que contribuyeron a transformar aquella sociedad naciente. Ya hacia finales del siglo, Porfirio Díaz tomó como modelo la cultura y las costumbres francesas, que en aquel entonces eran el epítome de la modernidad, para cimentar su gobierno de «orden y progreso». En la capital, este proceso dejó su impronta en ámbitos como la arquitectura y, en general, en el estilo de vida de cierta élite que frecuentaba las novísimas grandes tiendas y empleaba expresiones como grand magasin y bon vivant.

Palacio de Hierro

Respecto a estos establecimientos comerciales, Bertha Patricia Martínez Gutiérrez, en su obra «El Palacio de Hierro, arranque de la modernidad arquitectónica en la Ciudad de México», apunta:

«La idea de este prototipo comercial se asoció con la modernidad en el aspecto urbano y arquitectónico, por la vanguardia de sus edificios; en lo social, porque por primera vez la mujer salía sola a la calle para una actividad no religiosa; y en lo comercial, por la diversidad de artículos y novedades que ahí se ofrecían (desde armónicas hasta herramientas, pasando por telas, vestidos, muebles y cristalería).»

Estos comercios recurrieron a la publicidad para fomentar «la necesidad de consumir mercancías no prioritarias para la subsistencia, sino más bien productos que aludían al lujo, la distinción y la diferenciación social», según Cristina Sánchez Parra en «La publicidad de las tiendas por departamentos de la Ciudad de México en los albores del siglo xx». De ahí que, al revisar periódicos decimonónicos en la Hemeroteca Nacional Digital de México, uno aprecie la cotidianidad con la que se empleaban ciertos vocablos franceses, quizás del mismo modo que hoy usamos el inglés: parfumerie, eau de quinine, elixir dentifrice, parfum, bouquet, jaquettes, bonbons, vins et liqueurs. Términos que denotaban artículos no indispensables. Asimismo, además de los grands magasins, en la capital se establecieron otros giros que influyeron en la historia patria, como algunas pastelerías.

La guerra de los pasteles en México

La Guerra de los pasteles

En el ocaso del siglo XIX, un incidente aparentemente trivial desencadenó un conflicto de proporciones insospechadas entre México y Francia. La chispa que encendió la hoguera fue un altercado en la pastelería de monsieur Remontel, ubicada en Tacubaya, hacia finales de la década de 1830.

Según relata Rafael F. Muñoz en 1899, aquella noche, un grupo de oficiales, embriagados por la juerga, irrumpieron en el establecimiento y, haciendo caso omiso de las protestas del propietario, a quien encerraron en su propia habitación, procedieron a devorar cuanto postre y bocadillo endulzado encontraron a su paso, sin importar las capas de crema y mermelada que los recubrían.

Si bien este episodio de glotonería desenfrenada podría parecer anecdótico, lo cierto es que desencadenó una cadena de acontecimientos que llevaron a la primera intervención francesa en territorio mexicano, conocida como la Guerra de los Pasteles.

Aunque los detalles de este conflicto escapan al propósito de este relato, cabe destacar que en aquella época, el Centro Histórico de la Ciudad de México albergaba otras pastelerías de renombre, cuyos dueños también eran franceses, como la viuda de Genin, establecimientos que jugaron un papel igualmente relevante en la historia del país.

Pastelería de la viuda de Genin

La ciudad capital carecía de un espacio formal para las transacciones financieras hacia finales del siglo XIX. En aquella época, los negocios relacionados con contratos, inversiones, bienes raíces, venta de seguros, cambio de moneda e importaciones se llevaban a cabo de manera informal en diversos lugares, incluso en las calles. Sin embargo, fue en una pastelería donde esta actividad se formalizó.

Esta historia se encuentra documentada en el Museo de la Bolsa (MUBO, ubicado en Paseo de la Reforma 255) y en el libro «Cien años de la Bolsa de Valores en México: 1894-1994». Según este último, alrededor de 1880, el auge del mercado accionario cobró impulso debido al aumento en la inversión extranjera y al surgimiento de empresas mineras e industriales dotadas con los avances técnicos de la época.

En ese entonces, la calle Plateros (hoy Madero) era un lugar común para realizar actividades financieras. Allí, por iniciativa del secretario de la Compañía de Gas, un grupo de personas se reunía en una oficina para negociar acciones. No obstante, fue otro lugar el que destacó: la Dulcería y pastelería de la viuda de Genin, propiedad de Filomena Mayeu (originaria de Bélgica), ubicada en Plateros 8 esquina con Espíritu Santo (actualmente Madero e Isabel la Católica). Este establecimiento se convirtió en punto de encuentro para literatos, políticos y hombres de negocios, principalmente franceses y catalanes, quienes también cotizaban diversas acciones.

Aunque el uso de la pastelería como centro bursátil evidenció la necesidad de un local estable para tal actividad, no fue sino hasta 1894 que se creó la Bolsa Nacional como un centro organizado y regulado de operaciones, establecido en Plateros número 9, con el fin de generar confianza entre los inversionistas. Posteriormente, se fusionó con otro grupo y en 1895 surgió la Bolsa de México en la misma sede. Finalmente, en 1908, se inauguró la Bolsa de Valores de México en la calle 5 de Mayo.

Huellas francesas en la Ciudad de México

La Alianza francesa

Permítanme compartir algunos detalles fascinantes sobre la Alianza Francesa y su presencia en México. En 1883, figuras ilustres como el visionario Julio Verne y el pionero Louis Pasteur fundaron esta organización en París con el objetivo de difundir la lengua y la cultura francesas. En un lapso breve, entre 1883 y 1886, la Alianza Francesa extendió su alcance, estableciendo sedes en ciudades cosmopolitas como Alejandría, Constantinopla, Londres, Praga, Río de Janeiro y Shanghái. México no fue la excepción, y en 1884, apenas un año después de su nacimiento, la Alianza Francesa echó raíces en la Ciudad de México, convirtiéndose en una de las primeras sedes fuera de Francia.

A medida que avanzaba el siglo XX, la Alianza Francesa en la capital mexicana prosperaba. En sus inicios, su hogar se encontraba en la calle Palma, donde permaneció hasta principios de la década de 1960. Los registros del Archivo Histórico de la Ciudad de México revelan que, en aquel entonces, la Alianza Francesa residía en el número 44 de la cuarta calle de Palma. En 1918, Xavier Roustand y Bernard Vincent ocupaban los cargos de presidente y secretario, respectivamente, y sus firmas se encuentran plasmadas en un documento que solicitaba permiso para realizar una exposición fotográfica en el emblemático almacén El zafiro, ubicado en la esquina de las calles Madero y Palma.

Esta exposición tenía un propósito conmovedor: mostrar «vistas fotográficas enviadas por la sección fotográfica del ejército francés» y organizar una rifa benéfica con las mismas, cuyos fondos se destinarán a apoyar a la Alianza Francesa y a las víctimas de la guerra. Un gesto que reflejaba el espíritu solidario y el compromiso de esta institución con su patria y la comunidad local.

Fachada frontal gran hotel de la Ciudad de México

Aunque aún hay más historias por contar sobre la huella francesa en la Ciudad de México, por ahora me despido invitándolos a recorrer las calles del Centro Histórico con una mirada curiosa hacia arriba. Descubrirán joyas arquitectónicas con un toque galo, como el emblemático Gran Hotel de México.

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