viernes 12 julio 2024

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Desconfianza y temor hacia la vacunación en México durante el siglo XIX

Historia de MéxicoDesconfianza y temor hacia la vacunación en México durante el siglo XIX

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A lo largo de diversas épocas en su pasado, la metrópolis nacional ha enfrentado brotes de enfermedades epidémicas. Los empeños dirigidos a controlar y reducir sus efectos forman episodios singulares en la historia urbana, donde el Centro Histórico emerge como un protagonista fundamental. Esta composición detalla la narrativa de cómo los habitantes de la capital experimentaron en el pasado las campañas de inmunización, ofreciendo una visión panorámica de la situación.

Primeros vestigios de la vacunación en el mundo

«Experimente, no simplemente piense», fueron las palabras que el novedoso cirujano y anatomista, John Hunter, transmitió a su pupilo Edward Jenner, al abordar sus inquietudes acerca de una creencia arraigada en la población: que aquellos que habían contraído la peste de las vacas (cowpox) estaban exentos de padecer viruela (smallpox) en el futuro. Precisamente, el joven médico evocaba un recuerdo de su niñez cuando escuchó a Sarah Nelmes, una mujer dedicada al ordeño de vacas, afirmar que nunca sufriría los estragos de esa enfermedad en su rostro, ya que había experimentado sus efectos en algún momento de su vida.

Edward Jenner, quien posteriormente sería reconocido como el fundador de la inmunología, siguió el consejo de su mentor y emprendió sus investigaciones. En poco tiempo, descubrió que, al inocular el pus variólico de las pústulas en las ubres de las vacas en individuos sanos, estos experimentaban una versión atenuada de los síntomas, lo que conducía a una inmunidad futura contra la viruela. El 14 de mayo de 1796, experimentó una profunda satisfacción al observar que el joven James Phillips, a quien había vacunado, no mostró señales de enfermedad ni fallecimiento después de estar en contacto con pacientes afectados por la viruela. Este resultado se repitió con otros sujetos a los que aplicó este proceso, que empezó a denominarse «vacunación» debido a su origen relacionado con las vacas.

Ilustración de libro de vacunación

Sin embargo, la travesía de Jenner no fue exenta de desafíos, ya que sus descubrimientos, presentados en su obra titulada «An Inquiry into Causes and Effects of Variolae Vaccinae» en 1798, no encontraron eco en la comunidad médica de Londres. En ese tiempo, los médicos se mostraron reticentes a la terapia, preocupados de que los pacientes pudieran transformarse en ganado. Esta perspectiva negativa afectó la percepción pública. De hecho, los habitantes de Londres llegaron a creer que al someterse a la vacunación, podrían adquirir características propias de las vacas. A esta inquietud se sumó el rechazo expresado por otro sector de la población, argumentando que este método preventivo era poco higiénico e incompatible con valores cristianos debido al uso de pústulas bovinas.

Así se inaugura no solo la crónica de las vacunas, sino también la de las respuestas sociales adversas, que en varios momentos han rozado con la desconfianza, la indiferencia y el miedo colectivo. Actitudes que, en sintonía con los múltiples cambios sociopolíticos, económicos, culturales, discursivos, científicos, ideológicos y simbólicos, han obstaculizado la adopción de esta solución por amplios sectores de población en todas las regiones del globo.

A pesar de la duda expresada por sus colegas en Londres, el éxito de Jenner resonó rápidamente en la comunidad científica internacional. Surgieron múltiples detractores, críticos y escépticos, aunque hubo quienes se convencieron de la validez de sus descubrimientos. Uno de los que se unió a este último grupo fue Francisco Xavier Balmis, el cirujano más eminente de la Corte española, quien alentó a Carlos IV a adoptar el novedoso método de vacunación. Una circunstancia relevante allanó el camino para esta adopción: la infanta María Teresa, hija del monarca, había caído enferma de viruela en 1794 a la edad de cuatro años.

Barco con Vacunas

La vacunación llega a México

Así fue como el 30 de noviembre de 1803, partió el barco de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que llegó a las costas mexicanas en agosto del año siguiente. Su objetivo era llevar las vacunas a la Ciudad de México para combatir los brotes epidémicos de viruela, a los que la población se refería como la «Dama negra». Al llegar, el Comité de Vacunación se topó con ciudadanos aprensivos ante la inmunización. De hecho, el temor desatado por la vacuna en la población fue tan intenso que varios habitantes ocultaron a sus hijos para evitar que recibieran este remedio.

Con el objetivo de calmar estas reacciones, el virrey José de Iturrigaray optó por vacunar a su propio hijo en la Casa de Niños Expósitos, que estuvo ubicada en distintos lugares a lo largo del tiempo, como cerca de la Plaza del Carmen entre 1664 y 1667, y posteriormente cerca del Puente de la Merced a partir de 1771.

Su propósito era evidente: demostrar a los habitantes urbanos que esta medida no representaba ningún peligro, sino que ofrecía resguardo. Para fortalecer este mensaje, recorrió las calles para difundir información esencial y ordenó la publicación de detalles en las páginas de la Gazeta de México. Estos informes abarcaban los lugares donde se administrarían las vacunas, junto a notas científicas que exploraban su origen y ventajas.

Miedo a la vacunación

A pesar de estos esfuerzos, el miedo y la incertidumbre de la población persistieron durante gran parte del siglo XIX e incluso en las primeras décadas del siglo XX. Concomitantemente, la intervención gubernamental en la esfera familiar y en la vida cotidiana incrementó. Por ejemplo, las autoridades se enfocaron en persuadir a los ciudadanos a someterse a la vacunación gratuita, especialmente aquellos que carecían de recursos para costearla.

Esta intención se reflejó en un anuncio difundido en el Monitor Republicano el 7 de diciembre de 1872, bajo el título «Beneficio a los pobres». En este aviso se señalaba que en la botica de la calle de Olmedo, actualmente Correo Mayor, se administraba la vacuna diariamente, instando a no desaprovechar la oportunidad y llevar a los niños a recibir la inmunización.

Instrucciones para administrar la vacuna

En paralelo, el Estado implementó incentivos para las madres cuyos hijos manifestaban una respuesta favorable al proceso de vacunación con pus vacuno. Se establecieron directrices para que las maestras de las escuelas primarias se aseguraran de que sus estudiantes estuvieran protegidos mediante la inmunización.

Lo mismo se solicitó a los médicos que trabajaban en instituciones benéficas y hospitales, a fin de garantizar la protección de los residentes de dichos establecimientos. Se ideó un método de «vacunación ambulante», que aprovechaba los días de mercado y otras oportunidades para inmunizar al mayor número de personas posible.

Republica de Guatemala antigua calle de la escalerillas

Campañas de vacunación

Campañas de vacunación se llevaron a cabo en parroquias y centros de salud, y se difundieron anuncios en los medios de comunicación para crear conciencia entre los ciudadanos acerca de la importancia de recibir la vacuna.

Estos anuncios proporcionaban información detallada sobre los lugares y horarios de inmunización, tal como se observó en la edición del jueves 8 de febrero de 1872 en el periódico La Voz de México:

[…] se administra todos los días, a las doce
en la casa número 8 de la calle de las Escalerillas. Los martes, a las once, en el hospital
de San Hipólito. Los jueves, a la misma hora,
en el cuadrante de Santa. Los sábados, en la
plazuela de San Lucas, «Casa de la pólvora».
Los domingos, en la calle del Sapo [número] 8.

En la edición del 23 de marzo de 1877 de El Pájaro Verde se anunció a los lectores que la vacunación «se realiza diariamente, incluso en días festivos, a las doce del día en la calle de las Escalerillas, número 8». Simultáneamente, el Consejo Superior de Salubridad, la entidad consultiva en temas de salud del gobierno mexicano desde finales del siglo XIX, informó a través del periódico La Voz de México en su edición del jueves 9 de agosto de 1888 que:

La vacuna se administra gratuitamente en la
capital, de once a doce de la mañana todos los
días, en las oficinas del Consejo (calle de Xicoténcatl número 3); y a la misma hora los lunes
y sábados en las parroquias de Santa María
y San Cosme; los martes y viernes en las de
Santa Ana y San José; los miércoles y jueves
en las de la Soledad y Santa Cruz y San Pablo,
y los domingos en las de Santa Catarina y la
Santa Veracruz.

El remedio también estaba a disposición en la clínica privada que el doctor Muñoz estableció en la calle de las Escalerillas alrededor de 1878. Según los informes, la administración de la vacuna continuaría allí todos los días de doce a una, con la supervisión directa de los doctores Liceaga y Alcorta. En décadas posteriores, el doctor Elcoro también siguió el mismo camino, ofreciendo su «vacuna contra la viruela ‘Precolaba’, siempre fresca», en su laboratorio ubicado en el número 5 de la avenida de los Hombres Ilustres, actualmente conocida como avenida Hidalgo, que atraviesa el costado norte de la Alameda Central.

Templo de la Santa Veracruz

Resistencia a la vacunación

A pesar de estas incansables iniciativas, los ciudadanos de la Ciudad de México continuaron mostrando resistencia a recibir la vacunación. En otros momentos, las autoridades de la capital recurrieron al uso de la fuerza para inmunizar a aquellos que se mostraban reacios. El martes 20 de febrero de 1900, un artículo publicado por El Universal informó que, en cumplimiento de la ley, las autoridades de la ciudad se vieron obligadas a:

…llevar a la obediencia a los muchos que
se resistían a consentir en la inoculación de
sus hijos con la linfa vacunal […] en la capital, solo en determinados meses del año
despliega actividad y se mira en las calles
a los gendarmes, deteniendo a las mujeres
que llevan en brazos a sus pequeños para
registrar a estos y conducirlos a las oficinas
sanitarias cuando no les encuentran las cicatrices de la vacuna.

Durante los siglos XIX y XX, los residentes de la Ciudad de México mostraron resistencia a someterse a la vacunación debido a una combinación de miedos, falta de información, desconfianza y desconocimiento respecto a este procedimiento médico. Asimismo, se sumó la preocupación generada por «algunos incidentes en la administración de la vacuna que resultaron en enfermedades e incluso fallecimientos de niños […] la población no es ingenua».

A pesar de las respuestas colectivas de desconfianza y preocupación, las vacunas gradualmente abrieron camino y añadieron nuevos episodios a la historia de la Ciudad de México. Es innegable que hasta el día de hoy existen variadas manifestaciones de aprehensión hacia las medidas de salud, tanto a nivel individual como a través de los medios de comunicación en masa. Sin embargo, es igualmente cierto que las vacunas han ido ganándose la confianza de amplias porciones de la población, ya que gracias a ellas en momentos anteriores se logró controlar brotes epidémicos, como los de la viruela, mencionada anteriormente, o de otras enfermedades como el sarampión o la poliomielitis, que afectaron la vida de los ciudadanos de la capital hasta bien entrado el siglo XX.

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