domingo 14 julio 2024

Casa Rivas Mercado: Un tesoro arquitectónico en la Ciudad de México

La Casa Rivas Mercado es un inmueble de gran valor arquitectónico e histórico ubicado en la colonia Guerrero, Fue aquí donde Rivas Mercado diseño el monumento de la victoria alada mejor conocido como Angel de la independencia que representaba 100 años de independencia en el porfiriato

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Casa Rivas Mercado: Un tesoro arquitectónico en la Ciudad de México

Casa Rivas Mercado

La Casa Rivas Mercado es un inmueble de gran valor arquitectónico e histórico ubicado en la colonia Guerrero, uno de los barrios más emblemáticos de la Ciudad de México. Fue diseñada y construida por el arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor de la Columna de la Independencia, entre 1893 y 1897.

La casa es un ejemplo representativo de la arquitectura ecléctica del siglo XIX, que combina elementos de diferentes estilos, como el neogótico, el neorenacimiento, el art nouveau y el neoclásico.

La Casa Rivas Mercado fue el hogar del arquitecto y su esposa, la pianista Antonieta Rivas Mercado.

Fue aquí donde Rivas Mercado diseño el monumento de la victoria alada mejor conocido como Angel de la independencia que representaba 100 años de independencia en el porfiriato.

La pareja vivió en la casa hasta 1917, cuando el arquitecto se mudó a Europa. La casa quedó abandonada durante varios años, hasta que fue adquirida por el gobierno de la Ciudad de México en 2004.

En 2017, la casa fue restaurada y abierta al público como museo, aunque por el sismo del 2019 la casa volvió a cerrar y volvió a estar en funciones en 2022.

El museo alberga una colección de objetos personales de la familia Rivas Mercado, así como exposiciones temporales sobre arte y arquitectura.

Rivas Mercado

Historia de la Casa Rivas Mercado

La Casa Rivas Mercado fue construida para Antonio Rivas Mercado y su esposa, Antonieta Rivas Mercado. El arquitecto era un hombre visionario que estaba interesado en las últimas tendencias arquitectónicas. La casa fue diseñada para reflejar su gusto por la estética ecléctica.

La construcción de la casa comenzó en 1893 y duró cuatro años. El arquitecto supervisó personalmente todos los detalles del proyecto, desde la selección de los materiales hasta el diseño de los interiores.

La casa fue terminada en 1897. La pareja se mudó a la casa y vivió allí hasta 1917, cuando el arquitecto se mudó a Europa. La casa quedó abandonada durante varios años, hasta que fue adquirida por el gobierno de la Ciudad de México en 2004.

Casa Rivas Mercado Abandonada

Arquitectura de la Casa Rivas Mercado

La Casa Rivas Mercado es un ejemplo representativo de la arquitectura ecléctica del siglo XIX. La fachada de la casa es simétrica y está decorada con elementos de diferentes estilos, como el neogótico, el neorenacimiento, el art nouveau y el neoclásico.

La torre de reloj, ubicada en el centro de la fachada, es una de las características más distintivas de la casa. La torre está decorada con elementos neogóticos, como las agujas y las ventanas.

Otro aspecto intereante es que la casa es en diagonal aproximadamente 45 grados de la calle, esto para tener una mejor orientación con la iluminación solar que entra por las ventanas

Pasillo Casa Rivas Mercado

Interiores de la Casa Rivas Mercado

Los interiores de la casa están decorados con un estilo lujoso y elegante. Los pisos están hechos vitrales muy poco vistos en el país.

Piso Casa Rivas Mercado

Se conservan pocos muebles originales, pero uno de los muebles más importantes que un se conserva es el comedor de Rivas mercado donde estuvieron grandes personajes del siglo XIX.

En el centro cuenta con una escalera hecha totalmente de madera y con unos acabados impecables.

Escaleras Casa Rivas Mercado

Museo Casa Rivas Mercado

En 2017, la Casa Rivas Mercado fue restaurada y abierta al público como museo. El museo alberga una colección de objetos personales de la familia Rivas Mercado, así como exposiciones temporales sobre arte y arquitectura.

La colección del museo incluye muebles, pinturas, fotografías y documentos personales de la familia Rivas Mercado. La colección ofrece una visión de la vida de la familia y de la época en la que vivieron.

Las exposiciones temporales del museo se enfocan en temas relacionados con el arte, la arquitectura y la historia de la Ciudad de México. Las exposiciones han presentado obras de artistas mexicanos y extranjeros, así como temas relacionados con la historia de la ciudad.

Ubicación de la casa Rivas Mercado

Esta es la dirección de la casa rivas mercado C. Héroes 45, Guerrero, Cuauhtémoc, 06300 Ciudad de México, CDMX

Tambien la puedes ver en Google maps aquí

Horario de atención

Sabado de 10:00 AM a 11:30 AM y de 12:30 a 1:00 PM

Domingo de 10:00 AM a 11:30 AM y de 12:30 a 1:00 PM

El costo es de 200 por persona y regularmente tienen visitas guiadas para conocer a detalle la casa.

La Casa Rivas Mercado es un tesoro arquitectónico y cultural de la Ciudad de México. La casa es un ejemplo representativo de la arquitectura ecléctica del siglo XIX y alberga una colección de objetos personales de la familia Rivas Mercado.

Historia de la calle República de Cuba

Ex Convento de la Concepcion afueras

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El recorrido histórico de esta calle se halla impregnado de momentos trascendentales, destacando los periodos del virreinato y la Reforma. En la actualidad, se erige como un área de notable diversidad, ofreciendo variadas opciones para el entretenimiento y la cultura.

En tiempos recientes, la vida en la calle República de Cuba ha experimentado una revitalización notoria gracias a la inauguración de espacios que promueven la recreación y la cultura. Estos lugares no solo ofrecen opciones diversas, sino que también brindan un enfoque inclusivo a las comunidades de diversidad sexual.

Esta vibrante coexistencia se entrelaza con negocios de larga trayectoria que se sitúan a la sombra de un antiguo teatro, sumando aún más encanto al escenario.

Calle República de Cuba una de los primeros trazos

Desde el amanecer hasta el ocaso, cada fachada guarda sus propias narrativas y cada esquina oculta sus misterios. El libro «La Ciudad de México,» escrito por el cronista José María Marroquí, desvela que esta vía formó parte de la traza original de la capital tras la época de la conquista. Su presencia se hace palpable en el plano trazado por Juan Gómez de Trasmonte en 1628.

Ex Convento de la Concepcion

Sin embargo, la primera cuadra sufrió el cierre posterior para permitir la expansión del convento de la Concepción. Tras la promulgación de las Leyes de Reforma, este edificio fue derribado, y en 1861, este segmento de calle se reabrió bajo el nombre de Calle del Progreso.

En la cercanía de la intersección con el Eje Central, se encuentra el icónico Cine Mariscala, cuya concepción estuvo a cargo del ingeniero Theodore Gildred. Este cine, que abrió sus puertas en marzo de 1948, fue en su apogeo un espacio con capacidad para tres mil seiscientas cincuenta butacas. Aunque posteriormente se subdividió en dos salas, acabó en estado de abandono.

Ex Convento de la Concepcion interior

En este lugar, se filmó una escena memorable de la película «El profeta Mimí,» protagonizada por Ignacio López Tarso y ambientada en los años setenta. Otro rincón relevante es el pasaje ubicado detrás del cine, que actualmente permanece cerrado por una reja.

En el pasado, formaba parte del convento de la Concepción y poseía su propia identidad con «atarjea, enlosado y faroles que iluminaban la noche, creando la sensación de una pequeña localidad», según palabras de marroquí. Más tarde, se abrió al público bajo el nombre de Callejón del Progreso.

Edificio estilo art deco en la calle República de Cuba

Hacia el lado oriental, en la esquina con la Calle del 57, se erige un edificio de estilo art déco que llama la atención por sus detalles en azulejo y un relieve sobre su puerta. Este inmueble destaca por un remate ornamentado con las figuras del sol y la luna. El diseño es obra del arquitecto Enrique Aragón Echeagaray, reconocido por creaciones como el Monumento a Álvaro Obregón y el libro «Fisonomías de la ciudad». La construcción de este edificio tuvo lugar entre 1929 y 1930.

La evolución de una de las calles más emblemáticas

La calle República de Cuba, antes conocida como Dolores entre la Calle del 57 y Allende, ha evolucionado en una animada arteria central de la vida nocturna en el corazón del Centro. En este tramo, se encuentran destinos imprescindibles dentro del relato local, tales como El Marrakech y La Purísima, elementos fundamentales de la escena nocturna.

A pasos de distancia dentro de la misma calle de república de Cuba, en el número 34, permanece un edificio de estilo ecléctico que solía albergar la pulquería «Charros, No Fifís.» Este establecimiento atrajo la atención del fotógrafo estadounidense Edward Weston, quien lo mencionó en su diario junto a otras pulquerías de la época.

El tramo subsiguiente fue denominado Calle del Águila, un nombre que adoptó a finales del siglo XVII en reemplazo de Ballesteros. Aquí se resguardan los vestigios del Teatro Lírico, una joya de las artes escénicas en el corazón de la ciudad. El arquitecto Manuel Torres Torija fue el creador de este edificio que abrió sus puertas en agosto de 1907.

El evento inaugural, un espléndido «lunch-champagne,» fue registrado en una crónica del periódico El Mundo Ilustrado, donde figuras como Justo Sierra y Rafael Icaza Landa encabezaron la celebración. El teatro se convirtió en escenario para artistas de la talla de María Conesa y en el hogar de producciones de revista.

Un punto de encuentro esencial en la zona es la cantina Río de la Plata, que a lo largo de su historia ha atraído a una audiencia diversa. En enero de 1903, un breve anuncio en el periódico El Popular invitaba a la inauguración de reformas en el establecimiento, realizadas por los señores Cosme del Torno y Agustín Núñez.

Posteriormente, el Diario Oficial documentó la venta del lugar a diferentes propietarios. Fotografías de la década de los veinte nos brindan una visión del entorno de aquel entonces: justo al frente se encontraba la tienda La Ciudad de Oviedo, en un edificio que con el tiempo fue reconstruido mientras se preservaba el nicho de la esquina. A poca distancia, en el número 55, el cabaret Iris ocupaba la planta baja del actual Hotel Princess, añadiendo un toque de esparcimiento a la zona.

Desconfianza y temor hacia la vacunación en México durante el siglo XIX

Primera vacunación

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A lo largo de diversas épocas en su pasado, la metrópolis nacional ha enfrentado brotes de enfermedades epidémicas. Los empeños dirigidos a controlar y reducir sus efectos forman episodios singulares en la historia urbana, donde el Centro Histórico emerge como un protagonista fundamental. Esta composición detalla la narrativa de cómo los habitantes de la capital experimentaron en el pasado las campañas de inmunización, ofreciendo una visión panorámica de la situación.

Primeros vestigios de la vacunación en el mundo

«Experimente, no simplemente piense», fueron las palabras que el novedoso cirujano y anatomista, John Hunter, transmitió a su pupilo Edward Jenner, al abordar sus inquietudes acerca de una creencia arraigada en la población: que aquellos que habían contraído la peste de las vacas (cowpox) estaban exentos de padecer viruela (smallpox) en el futuro. Precisamente, el joven médico evocaba un recuerdo de su niñez cuando escuchó a Sarah Nelmes, una mujer dedicada al ordeño de vacas, afirmar que nunca sufriría los estragos de esa enfermedad en su rostro, ya que había experimentado sus efectos en algún momento de su vida.

Edward Jenner, quien posteriormente sería reconocido como el fundador de la inmunología, siguió el consejo de su mentor y emprendió sus investigaciones. En poco tiempo, descubrió que, al inocular el pus variólico de las pústulas en las ubres de las vacas en individuos sanos, estos experimentaban una versión atenuada de los síntomas, lo que conducía a una inmunidad futura contra la viruela. El 14 de mayo de 1796, experimentó una profunda satisfacción al observar que el joven James Phillips, a quien había vacunado, no mostró señales de enfermedad ni fallecimiento después de estar en contacto con pacientes afectados por la viruela. Este resultado se repitió con otros sujetos a los que aplicó este proceso, que empezó a denominarse «vacunación» debido a su origen relacionado con las vacas.

Ilustración de libro de vacunación

Sin embargo, la travesía de Jenner no fue exenta de desafíos, ya que sus descubrimientos, presentados en su obra titulada «An Inquiry into Causes and Effects of Variolae Vaccinae» en 1798, no encontraron eco en la comunidad médica de Londres. En ese tiempo, los médicos se mostraron reticentes a la terapia, preocupados de que los pacientes pudieran transformarse en ganado. Esta perspectiva negativa afectó la percepción pública. De hecho, los habitantes de Londres llegaron a creer que al someterse a la vacunación, podrían adquirir características propias de las vacas. A esta inquietud se sumó el rechazo expresado por otro sector de la población, argumentando que este método preventivo era poco higiénico e incompatible con valores cristianos debido al uso de pústulas bovinas.

Así se inaugura no solo la crónica de las vacunas, sino también la de las respuestas sociales adversas, que en varios momentos han rozado con la desconfianza, la indiferencia y el miedo colectivo. Actitudes que, en sintonía con los múltiples cambios sociopolíticos, económicos, culturales, discursivos, científicos, ideológicos y simbólicos, han obstaculizado la adopción de esta solución por amplios sectores de población en todas las regiones del globo.

A pesar de la duda expresada por sus colegas en Londres, el éxito de Jenner resonó rápidamente en la comunidad científica internacional. Surgieron múltiples detractores, críticos y escépticos, aunque hubo quienes se convencieron de la validez de sus descubrimientos. Uno de los que se unió a este último grupo fue Francisco Xavier Balmis, el cirujano más eminente de la Corte española, quien alentó a Carlos IV a adoptar el novedoso método de vacunación. Una circunstancia relevante allanó el camino para esta adopción: la infanta María Teresa, hija del monarca, había caído enferma de viruela en 1794 a la edad de cuatro años.

Barco con Vacunas

La vacunación llega a México

Así fue como el 30 de noviembre de 1803, partió el barco de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que llegó a las costas mexicanas en agosto del año siguiente. Su objetivo era llevar las vacunas a la Ciudad de México para combatir los brotes epidémicos de viruela, a los que la población se refería como la «Dama negra». Al llegar, el Comité de Vacunación se topó con ciudadanos aprensivos ante la inmunización. De hecho, el temor desatado por la vacuna en la población fue tan intenso que varios habitantes ocultaron a sus hijos para evitar que recibieran este remedio.

Con el objetivo de calmar estas reacciones, el virrey José de Iturrigaray optó por vacunar a su propio hijo en la Casa de Niños Expósitos, que estuvo ubicada en distintos lugares a lo largo del tiempo, como cerca de la Plaza del Carmen entre 1664 y 1667, y posteriormente cerca del Puente de la Merced a partir de 1771.

Su propósito era evidente: demostrar a los habitantes urbanos que esta medida no representaba ningún peligro, sino que ofrecía resguardo. Para fortalecer este mensaje, recorrió las calles para difundir información esencial y ordenó la publicación de detalles en las páginas de la Gazeta de México. Estos informes abarcaban los lugares donde se administrarían las vacunas, junto a notas científicas que exploraban su origen y ventajas.

Miedo a la vacunación

A pesar de estos esfuerzos, el miedo y la incertidumbre de la población persistieron durante gran parte del siglo XIX e incluso en las primeras décadas del siglo XX. Concomitantemente, la intervención gubernamental en la esfera familiar y en la vida cotidiana incrementó. Por ejemplo, las autoridades se enfocaron en persuadir a los ciudadanos a someterse a la vacunación gratuita, especialmente aquellos que carecían de recursos para costearla.

Esta intención se reflejó en un anuncio difundido en el Monitor Republicano el 7 de diciembre de 1872, bajo el título «Beneficio a los pobres». En este aviso se señalaba que en la botica de la calle de Olmedo, actualmente Correo Mayor, se administraba la vacuna diariamente, instando a no desaprovechar la oportunidad y llevar a los niños a recibir la inmunización.

Instrucciones para administrar la vacuna

En paralelo, el Estado implementó incentivos para las madres cuyos hijos manifestaban una respuesta favorable al proceso de vacunación con pus vacuno. Se establecieron directrices para que las maestras de las escuelas primarias se aseguraran de que sus estudiantes estuvieran protegidos mediante la inmunización.

Lo mismo se solicitó a los médicos que trabajaban en instituciones benéficas y hospitales, a fin de garantizar la protección de los residentes de dichos establecimientos. Se ideó un método de «vacunación ambulante», que aprovechaba los días de mercado y otras oportunidades para inmunizar al mayor número de personas posible.

Republica de Guatemala antigua calle de la escalerillas

Campañas de vacunación

Campañas de vacunación se llevaron a cabo en parroquias y centros de salud, y se difundieron anuncios en los medios de comunicación para crear conciencia entre los ciudadanos acerca de la importancia de recibir la vacuna.

Estos anuncios proporcionaban información detallada sobre los lugares y horarios de inmunización, tal como se observó en la edición del jueves 8 de febrero de 1872 en el periódico La Voz de México:

[…] se administra todos los días, a las doce
en la casa número 8 de la calle de las Escalerillas. Los martes, a las once, en el hospital
de San Hipólito. Los jueves, a la misma hora,
en el cuadrante de Santa. Los sábados, en la
plazuela de San Lucas, «Casa de la pólvora».
Los domingos, en la calle del Sapo [número] 8.

En la edición del 23 de marzo de 1877 de El Pájaro Verde se anunció a los lectores que la vacunación «se realiza diariamente, incluso en días festivos, a las doce del día en la calle de las Escalerillas, número 8». Simultáneamente, el Consejo Superior de Salubridad, la entidad consultiva en temas de salud del gobierno mexicano desde finales del siglo XIX, informó a través del periódico La Voz de México en su edición del jueves 9 de agosto de 1888 que:

La vacuna se administra gratuitamente en la
capital, de once a doce de la mañana todos los
días, en las oficinas del Consejo (calle de Xicoténcatl número 3); y a la misma hora los lunes
y sábados en las parroquias de Santa María
y San Cosme; los martes y viernes en las de
Santa Ana y San José; los miércoles y jueves
en las de la Soledad y Santa Cruz y San Pablo,
y los domingos en las de Santa Catarina y la
Santa Veracruz.

El remedio también estaba a disposición en la clínica privada que el doctor Muñoz estableció en la calle de las Escalerillas alrededor de 1878. Según los informes, la administración de la vacuna continuaría allí todos los días de doce a una, con la supervisión directa de los doctores Liceaga y Alcorta. En décadas posteriores, el doctor Elcoro también siguió el mismo camino, ofreciendo su «vacuna contra la viruela ‘Precolaba’, siempre fresca», en su laboratorio ubicado en el número 5 de la avenida de los Hombres Ilustres, actualmente conocida como avenida Hidalgo, que atraviesa el costado norte de la Alameda Central.

Templo de la Santa Veracruz

Resistencia a la vacunación

A pesar de estas incansables iniciativas, los ciudadanos de la Ciudad de México continuaron mostrando resistencia a recibir la vacunación. En otros momentos, las autoridades de la capital recurrieron al uso de la fuerza para inmunizar a aquellos que se mostraban reacios. El martes 20 de febrero de 1900, un artículo publicado por El Universal informó que, en cumplimiento de la ley, las autoridades de la ciudad se vieron obligadas a:

…llevar a la obediencia a los muchos que
se resistían a consentir en la inoculación de
sus hijos con la linfa vacunal […] en la capital, solo en determinados meses del año
despliega actividad y se mira en las calles
a los gendarmes, deteniendo a las mujeres
que llevan en brazos a sus pequeños para
registrar a estos y conducirlos a las oficinas
sanitarias cuando no les encuentran las cicatrices de la vacuna.

Durante los siglos XIX y XX, los residentes de la Ciudad de México mostraron resistencia a someterse a la vacunación debido a una combinación de miedos, falta de información, desconfianza y desconocimiento respecto a este procedimiento médico. Asimismo, se sumó la preocupación generada por «algunos incidentes en la administración de la vacuna que resultaron en enfermedades e incluso fallecimientos de niños […] la población no es ingenua».

A pesar de las respuestas colectivas de desconfianza y preocupación, las vacunas gradualmente abrieron camino y añadieron nuevos episodios a la historia de la Ciudad de México. Es innegable que hasta el día de hoy existen variadas manifestaciones de aprehensión hacia las medidas de salud, tanto a nivel individual como a través de los medios de comunicación en masa. Sin embargo, es igualmente cierto que las vacunas han ido ganándose la confianza de amplias porciones de la población, ya que gracias a ellas en momentos anteriores se logró controlar brotes epidémicos, como los de la viruela, mencionada anteriormente, o de otras enfermedades como el sarampión o la poliomielitis, que afectaron la vida de los ciudadanos de la capital hasta bien entrado el siglo XX.

Detalles sobre las celebraciones del 16 septiembre

Entra de Iturbide


A lo largo del tiempo, las conmemoraciones de la Independencia han experimentado cambios significativos, capturando siempre la esencia única de la cultura vigente en la localidad y dejando huella del carácter distintivo impreso por los sucesos políticos y sociales en nuestra nación.

Hace unos años, las festividades patrias comenzaron a tener lugar en el Centro Histórico, siguiendo la misma tradición que aún perdura. Este cambio coincidió con la orden de Porfirio Díaz de trasladar la campana que el cura Hidalgo había hecho sonar en la iglesia de Dolores al balcón principal del Palacio Nacional. Desde 1896, la campana ha repicado cada año en manos del presidente en turno, marcando el inicio de las festividades.

Huichapan

Estos eventos de grandiosidad y regocijo contrastan fuertemente con la primera celebración que tuvo lugar el 16 de septiembre de 1812 en Huichapan, un pueblo en Hidalgo. En esta ocasión, Ignacio López Rayón fue el responsable de la organización, tal como lo relata Emmanuel Carballo en su obra «Las fiestas patrias en la narrativa nacional», fuente a la cual recurrimos para realizar este relato.

16 de septiembre, declarado como día conmemorativo

Fue en 1824 cuando el Congreso Constituyente de México oficializó el 16 de septiembre como el día conmemorativo del inicio de la lucha por la independencia. En el año siguiente, las autoridades de la capital emitieron un bando instando a los ciudadanos a decorar e iluminar sus hogares con símbolos patrios.

Al mismo tiempo, el presidente Guadalupe Victoria recibía felicitaciones alusivas de diplomáticos y líderes civiles y eclesiásticos. Ese año marcó el debut de un desfile por las calles de la Ciudad de México, celebrando el espíritu patriótico.

En las décadas posteriores, las festividades no escaparon a las vicisitudes de la nación. La arenga de Miguel Hidalgo («¡Mueran los gachupines!») inspiró a muchos mexicanos, especialmente después del fallido intento de reconquista española en 1829.

Sin embargo, en 1847, debido a la presencia de las fuerzas del general Scott, los ánimos en la capital no estaban para celebraciones, y los festejos de ese año tuvieron que ser cancelados.

La entrada del general Scott a México por Carl Nebel

Celebración del 16 de septiembre en el porfiriato

La historia de las celebraciones patrias también registró momentos turbulentos, como el incidente durante el desfile militar del 16 de septiembre de 1897. En ese desfile, mientras pasaba por la Alameda, un hombre bajo los efectos del alcohol se abalanzó desde la multitud para atacar a Porfirio Díaz. Aunque el atacante, llamado Arnulfo Arollo, fue detenido inmediatamente, el presidente continuó su recorrido como si nada hubiera sucedido.

Esa noche, una turba asaltó la comisaría donde estaba detenido Arollo, resultando en su linchamiento. Esta dramática historia es recreada por el novelista Álvaro Uribe en «Expediente del atentado», que posteriormente fue llevada al cine en una versión dirigida por Jorge Fons.

Porfirio Diaz

Los fastos conmemorativos del centenario del inicio de la gesta de Independencia no pudieron enmascarar el descontento social que desencadenó finalmente en 1910, tal como fue meticulosamente registrado en sus diarios por el novelista y dramaturgo mexicano Federico Gamboa.

En sus relatos, Gamboa describió cómo desde uno de los balcones del Palacio Nacional observó la entrada tumultuosa de manifestantes maderistas al Zócalo. Estos manifestantes portaban una pancarta que llevaba la imagen del futuro «Apóstol de la Democracia».

Desfile 16 de septiembre en el Porfiriato

En ese momento, el autor de la novela «Santa», quien en esa época ejercía como funcionario porfirista, recurrió al cinismo al explicar a un diplomático extranjero perplejo, ubicado a su lado, que los clamores en el desconocido idioma local eran en realidad aclamaciones al presidente Porfirio Díaz, cuya joven imagen barbada sostenían los manifestantes.

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Huella de los afrodescendientes en México

Tabla de Castas en la Nueva España

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El Archivo Histórico de la Ciudad de México resguarda una rica colección de evidencias que ilustran cómo a lo largo de los siglos, las distintas comunidades afrodescendientes que han poblado la capital han conseguido expandir sus esferas sociales y conquistar derechos, a pesar de haber enfrentado marginación en sus inicios.

Testimonios de la población africana y afrodescendiente en la Ciudad de México

Dentro del Archivo Histórico de la Ciudad de México, se preservan valiosos testimonios que arrojan luz sobre la vida cotidiana de la población africana y afrodescendiente en la Ciudad de México. Estos documentos primarios son una ventana hacia las dinámicas sociales de épocas pasadas y contribuyen de manera significativa a la visibilidad de las comunidades que influyeron en la construcción de la Ciudad de México, pero que han sido descuidadas a lo largo de los años.

Comercio de esclavos en la Nueva España

Los materiales custodiados en el Archivo Histórico son esenciales para ilustrar la contribución que los africanos y afrodescendientes tuvieron en la historia de la capital del país. No obstante, el Centro Histórico también desempeña un papel fundamental en el entendimiento de nuestro pasado, ya que conserva huellas de todas las personas que a lo largo de los siglos contribuyeron a moldear este sitio, incluyendo la amplia población de origen africano.

Personas consideradas como bienes materiales

En tiempos del antiguo régimen, ciertos grupos humanos eran considerados como bienes materiales. La esclavitud urbana presentaba dos modalidades para adquirir esclavos: la compra directa y el alquiler, donde los individuos debían prestar servicios en labores domésticas y trabajos en manufacturas y obrajes.

Dentro de los archivos históricos, se encuentran relatos que retratan con fidelidad las experiencias de las poblaciones africanas y afrodescendientes durante la época esclavista. Un ejemplo de ello es un documento datado el 1 de agosto de 1786, en el cual se menciona que José María González Calderón, estando enfermo en cama, legó a su esclavo mulato José Hilario de 27 años en su testamento. Posteriormente, los beneficiarios, José Serruto y Juan Cienfuegos, vendieron a José Hilario al Conde de Bartolomé de Xala por ciento cincuenta pesos.

Afrodescendientes Trabajando

Este documento resalta tres puntos clave. En primer lugar, la condición de José Hilario como propiedad de José González, ya que los esclavos en la Nueva España eran considerados posesiones de sus amos. El negocio de la trata esclavista beneficiaba a quienes buscaban mano de obra. El Conde de Xala, quien adquirió a José, descendía de Manuel Rodríguez Sáenz de Pedroso, que llegó a México en busca de poder y obtuvo el título de Conde de San Bartolomé de Xala gracias a su relación con el virrey Conde de Revillagigedo.

Manuel Rodríguez se destacó como comerciante de pulque a través de sus plantaciones de maguey. Considerando este contexto, José Hilario podría haber sido adquirido para trabajar en las plantaciones o negocios del Conde de Xala. Finalmente, se observa la dominación ejercida por los colonizadores europeos a través de las genealogías y la continuación de la categorización de las personas esclavizadas según la idea de raza, como negro, mulato o prieto, mientras que otras poblaciones eran clasificadas por su color de piel y procedencia geográfica.

Durante la época virreinal en México, ciertas personas eran tratadas como posesiones de individuos pertenecientes a las clases aristocráticas.

Discriminación y esclavitud en el virreinato

En el periodo virreinal en México, se estableció una división discriminatoria para las personas esclavizadas, principalmente en los centros urbanos de la Ciudad de México, donde la convivencia entre diversas poblaciones era más intensa. A pesar de esto, los prejuicios de los europeos no afectaron sus derechos. Además de tener oportunidades para escapar, las personas esclavizadas podían obtener su libertad al denunciar maltratos por parte de sus amos, ser liberadas por decisión de sus dueños, tanto en vida como por testamento, e incluso tenían la opción de comprar su libertad mediante pagos escalonados a sus amos hasta completar el precio acordado. Estas oportunidades estaban conectadas con sus ocupaciones laborales y algunos pudieron mejorar sus vidas a través de ellas. Muchos afrodescendientes libres alcanzaron estabilidad económica, adquirieron joyas, establecieron comercios, compraron tierras e incluso tenían sus propios esclavos.

Tabla de Castas en la Nueva España

En relación a este tema, el Archivo Histórico de la Ciudad de México resguarda un expediente de febrero de 1688 que relata cómo un mulato libre, Joseph de Velasco, adquirió un terreno abandonado por setenta y dos pesos. Anteriormente, Guillermo de Carvajal había intentado comprar el mismo terreno, pero debido a la falta de respuesta del dueño original, el Corregidor ordenó la subasta. Carvajal ofreció veinticinco pesos, pero Joseph de Velasco superó la oferta con setenta y dos pesos, asegurándose así la propiedad del terreno.

Además, muchos afrodescendientes mejoraron sus vidas a través de la participación en grupos sociales existentes en la ciudad. Dos de estas formas de organización fueron las cofradías y los gremios, que ofrecían oportunidades de trabajar en diversos oficios. Durante el siglo XVII, ambas estructuras fomentaron una mayor integración de la población novohispana; sin embargo, el rechazo por parte de los europeos llevó a otras comunidades a buscar sus propios espacios de convivencia.

Cofradias afrodescendientes

Las cofradías, por ejemplo, eran entidades religiosas donde los miembros pagaban una cuota para pertenecer. A cambio, la congregación garantizaba un entierro digno, rezos para el fallecido y apoyo en caso de enfermedad. Los esclavos que eran parte de una cofradía gozaban de prestigio dentro de la sociedad esclavista. Además, las cofradías creadas por africanos y afrodescendientes también promovieron la resistencia identitaria y brindaron oportunidades para establecer relaciones sociales más sólidas.

En la época virreinal, las cofradías más influyentes surgieron en estados como Zacatecas, Coahuila, Veracruz y la Ciudad de México. Sin embargo, la primera cofradía fundada por afrodescendientes se estableció en la capital mexicana. En 1599, la Congregación de Coronación de Cristo Nuestro Señor y San Benito de Palermo se estableció en la Iglesia de Santa María la Redonda en la colonia Guerrero. Poco después, la congregación se trasladó al Convento de San Francisco, uno de los edificios más emblemáticos del Centro Histórico de la Ciudad de México. Este convento, el más grande y antiguo de la ciudad, fue fundado gracias a la contribución de los frailes franciscanos y donativos de Hernán Cortés. Su establecimiento en un terreno que se creía perteneciente a Moctezuma, y que incluso se decía que había sido usado para un zoológico, le agregó un significado histórico adicional.

En el siglo XVI, se erigió por primera vez este complejo, destacando una nave con techos de madera, un santuario de bóvedas de piedra y un pequeño claustro de dos pisos, todo bajo la supervisión de fray Toribio de Benavente Motolinía, un ferviente admirador del recinto. Sin embargo, en la década de 1560, las instalaciones ya no eran adecuadas para las necesidades de los frailes, lo que condujo a la expansión de la iglesia. A lo largo de su historia, el edificio experimentó tres fases de construcción: la primera en 1525, la segunda en la década de 1590, que duró alrededor de doce años, y posteriormente, pequeñas remodelaciones durante el siglo XVII. Las primeras dos décadas del siglo XVIII vieron la culminación de la última fase constructiva, incorporando en 1766 la Capilla de la Balvanera en la fachada, claramente identificable al recorrer la calle Madero. La fachada ostenta un estilo churrigueresco, obra del arquitecto Lorenzo Rodríguez, quien también supervisó la construcción del Sagrario Metropolitano, un templo adyacente a la Catedral Metropolitana.

No obstante, las Leyes de Reforma promulgadas en 1860 llevaron a la confiscación del terreno ocupado por la iglesia, y diferentes individuos adquirieron la propiedad. Aunque las extensas tierras que el exconvento de San Francisco ocupaba representaron un símbolo importante de la ciudad durante muchos años, en el siglo XX perdieron relevancia debido a la construcción de la Torre Latinoamericana.

Afrodescendientes plasmados en el arte

Como se mencionó previamente, además de las cofradías, los gremios fueron elementos cohesivos en la sociedad de la Ciudad de México. En estos gremios, se practicaban diversos oficios como la herrería, la pintura y la carpintería. Un caso ejemplar es el de Juan Correa, un afrodescendiente que fue pintor desde finales del siglo XVII hasta los primeros años del XVIII. Su talento lo convirtió en un destacado artista barroco reconocido en la Nueva España. No olvidando su origen, Correa incorporó a la población afrodescendiente en sus obras, lo cual se aprecia en su cuadro «El Niño Jesús con ángeles músicos».

El Niño Jesús con Angeles Músicos por Juan Correa

En esta pintura, siete angelitos tocan diversos instrumentos alrededor del Niño Jesús, quien parece dirigir la pieza musical con una partitura en su mano izquierda. Dos elementos definen la obra de Correa: la influencia barroca evidente en los ángeles músicos, típica de su estilo, y la inclusión de dos angelitos afrodescendientes, que refleja la diversidad social de la época.

Hoy en día, esta obra se encuentra en el Museo Nacional de Arte, ubicado en la calle Tacuba, parte del renombrado circuito de museos en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Sus colecciones abarcan desde la época virreinal hasta mediados del siglo XX, permitiéndonos explorar la complejidad de la sociedad mexicana a lo largo de los años.

La huella de las comunidades afrodescendientes se ha plasmado en las expresiones pictóricas que enriquecen el legado cultural de la ciudad.

Los impactantes trabajos de Correa no solo encuentran su hogar en el mencionado recinto; de hecho, varias de sus creaciones perduran en uno de los enclaves más icónicos del Centro Histórico: la majestuosa Catedral Metropolitana. Hacia el final del siglo XVII, Correa colaboró con Cristóbal de Villalpando en la decoración de la sacristía de la catedral, contribuyendo con piezas notables como «La entrada de Cristo a Jerusalén» y «La Asunción de la Virgen». Estas obras emblemáticas de Correa subsisten en el corazón más antiguo de la catedral.

Interior de la Catedral Metropolitana

La Catedral Metropolitana, cuya construcción se extendió por más de dos siglos, posee una historia intrigante. Sus cimientos iniciales se asentaron sobre las ruinas del Templo Mayor apenas tres años después de la Conquista española. No obstante, debido a las inundaciones en la zona, se vio obligado a demolerse. En 1573, se reanudaron los esfuerzos de construcción. Bajo el gobierno del Virrey Rodrigo Pacheco y Osorio (1624-1635), se determinó derribar el antiguo templo, aunque la sacristía resistió y se convirtió en oficinas hasta 1641. En 1667, finalizaron los trabajos interiores, mientras que el exterior se concluyó en 1813. Esta prolongada labor de construcción dio como resultado una rica arquitectura que incorpora estilos barrocos, churriguerescos, góticos y neoclásicos, tanto en la estructura como en la decoración interna.

En el presente, el Centro Histórico aún conserva la huella de los afrodescendientes en conventos, pinturas, monumentos y edificios. No obstante, podría afirmarse que la Catedral Metropolitana personifica de manera perfecta la compleja realidad mexicana. La creación de esta catedral involucró a diversas partes: artistas con influencias y clases sociales distintas, figuras religiosas y autoridades variadas. Cada uno de estos individuos aportó su ideología y origen, reflejando la diversidad de pensamiento en la estructura y decoración del edificio. Esta diversidad se convierte en una metáfora hermosa que trasciende a lo largo de la historia, representando la construcción multifacética de México.

Los lagos, canales y acequias en la Ciudad de México y Tenochtitlán

Lagos y acequias en la Ciudad de México

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Al arribar a la cuenca del lago y en los distintos asentamientos que ocuparon durante un siglo, los aztecas llevaron a cabo «construcciones de carácter religioso, adquirieron conocimientos en la gestión del agua mediante represas y erigieron estructuras defensivas», tal y como señala Sonia Lombardo en su obra «Desarrollo urbano de México-Tenochtitlan». Así pues, al fundar Tenochtitlán en el año 1325 (algunas fuentes sugieren 1370), en un islote en el lago de Texcoco, ya contaban con nociones de urbanismo e ingeniería hidráulica.

Canoas en Tenochtitlán

La señal anhelada de acuerdo con la leyenda, representada por un águila (Huitzilopochtli) posada sobre un nopal, fue divisada «en un pequeño islote, rodeado de tules y juncos, que formaba parte del señorío tepaneca gobernado por el poderoso Tezozómoc», como indica Lombardo. Conforme al Códice Ramírez, citado por la autora, «al día siguiente» comenzaron la edificación de un «altar de humillación» para rendir homenaje al dios protector, y «…empleando los juncos más robustos que hallaron en los carrizales, erigieron un asiento cuadrado justo en el mismo lugar…». Este sitio probablemente coincida con los restos actuales del Templo Mayor.

El espacio habitable era sumamente reducido. Se encontraban en una situación de «escasez, confinamiento y aprehensión», de tal forma que sus primeras construcciones eran simplemente jacales hechos de carrizo. Su sustento dependía exclusivamente de la pesca y los recursos obtenidos de la laguna.

En el segundo año, los aztecas lograron adquirir materiales como piedra, madera y cal para erigir un templo más perdurable en honor a Huitzilopochtli. Esto se conseguía a cambio de los recursos provenientes de la laguna: «…el pescado, el ajolote y la rana, el camarón, el aneneztli, la serpiente acuática, el mosquito de los pantanos, la lombriz lacustre y el pato, el cuauhchilli y el ánade, todas las aves acuáticas, con las que adquiríamos la piedra y la madera…»

Tras la construcción del templo, se erigió un campo de juego de pelota. La disposición era radial, con cuatro calzadas que irradiaban desde el templo hacia los puntos cardinales, conformando así cuatro sectores. La falta de espacio habitable se solventó mediante la expansión del terreno, agregando chinampas al islote, especialmente en las direcciones sur y suroeste. Las primeras arterias principales eran vías acuáticas, lo que hacía de la navegación una actividad cotidiana.

Mapa de Tenochtitlán

Un sistema para manejar el agua muy delicado.

La comprensión experta de los patrones de flujo en los cuerpos de agua circundantes brindó a los mexicas la capacidad de establecer un sofisticado sistema hidráulico basado en diques, compuertas, acequias y una red de canales tanto para navegación como para riego, conformando así un sistema que se ajustaba a las estaciones del año. Esta ingeniería no solo mitigaba el riesgo de inundaciones, sino que también evitaba la mezcla de las aguas salinas de Texcoco con las dulces de Xochimilco y Chalco, además de prevenir posibles ataques de comunidades rivales.

Un claro ejemplo de esta innovación es la calzada de Iztapalapa, que cumplía doble función como un extenso dique que separaba las aguas salinas de las dulces. A ambos lados de esta vía, fluían canales que probablemente cumplían un rol estratégico en el transporte de recursos. La relevancia de esta infraestructura de transporte se refleja en «Historia general de la infantería de marina mexicana», donde se sugiere que no solo facilitaba el traslado de provisiones y personal, sino que también transmitía la noción de la vulnerabilidad de las ciudades lacustres y las islas ante un posible ataque enemigo. La posición geográfica de Tenochtitlán permitía que las milicias se movieran rápidamente por la cuenca.

«La estructura militar de los mexicas incluía un Cuerpo de Infantería, que operaba tanto en tierra como en entornos acuáticos, cubriendo ríos, lagos y costas, manifestando un enfoque versátil en su organización.»

En términos de infraestructura vial, destaca la calzada Tacuba, que al parecer contaba con al menos siete puentes levadizos, y que presumiblemente seguía un modelo similar al de la calzada de Iztapalapa, llevando a cabo funciones tanto acuáticas como viales. De acuerdo a los escritos de Lombardo, durante el reinado de Moctezuma II (1502-1520), la ciudad presentaba tres tipos de calles: terrestres, acuáticas y mixtas. Las vías acuáticas eran altamente transitadas gracias a las canoas, empleadas como un método eficaz y extendido de comunicación entre la población, mientras que las chinampas y la mayoría de las viviendas conectaban con acequias para los servicios diarios. Las puertas principales de las casas se abrían a estrechas calles terrestres. Pequeños puentes de vigas cruzaban las acequias, facilitando el paso de peatones.

Algunas de las calles mixtas tenían un considerable ancho. Tomemos como ejemplo la vía actualmente correspondiente a la 16 de Septiembre-Corregidora, denominada posteriormente como la de la Acequia y Las Canoas, la cual presentaba un ancho de 7.5 metros en el carril acuático y 5 metros en el carril terrestre.

Los mexicas demostraron un control sobresaliente en el arte de la navegación y en la ciencia de la ingeniería hidráulica. Cuando los españoles llegaron, el Valle albergaba alrededor de 40 ciudades que mantenían una actividad vigorosa. De acuerdo con Carlos J. Sierra en «Historia de la navegación en la Ciudad de México», se estima que, a principios del siglo XVI, se extraían aproximadamente un millón de pescados para el abastecimiento de estas ciudades. Cada día, unas 4 mil canoas ingresaban a la ciudad con rumbo al mercado de Tlatelolco. Alonso Suaro, otro cronista español, calculó que en la laguna había entre «sesenta y setenta mil canoas grandes», empleadas en el transporte de provisiones.

Aunque no hay confirmación en las fuentes consultadas, se ha mencionado que los mexicas practicaban una forma de deporte similar a las regatas como parte de su entrenamiento.

Respecto a las acallis, término usado para referirse a las embarcaciones más pequeñas, Gonzalo Fernández de Oviedo, uno de los conquistadores, describió que «eran talladas en un solo tronco de árbol sin junturas (…). De fondo plano y sin quilla. Había variados tamaños, desde para una o dos personas hasta las que podían llevar cuarenta o cincuenta tripulantes. Eran muy ligeras y volcaban fácilmente, pero no se hundían, aunque se llenaran de agua.» Las pértigas se utilizaban en aguas poco profundas para impulsar la embarcación, mientras que los remos de paleta se empleaban en aguas más profundas.

Canales en Tenochtitlan

infantería mixta controlando los lagos.

En sus comienzos, la sociedad mexica se caracterizaba por ser teocrática, con una dirección liderada por figuras religiosas. Sin embargo, con el tiempo, esta estructura evolucionó hacia un sistema imperial en el que los aspectos comerciales y militares cobraron una importancia equiparable a la religión.

Este cambio se fue desarrollando de manera gradual, pero el ascenso de los mexicas como una cultura dominante en Mesoamérica se solidificó a partir de la formación de la Triple Alianza en el año 1430, en colaboración con Texcoco y Tlacopan.

En el apogeo de lo que se podría describir como un «Estado militarista» conformado por la Triple Alianza, la navegación adquirió un papel estratégico, ya que su poderío se cimentó en la utilización extensiva de canoas. Estas embarcaciones ofrecían beneficios en el transporte de suministros militares, soldados y equipos. Además, contribuyeron a propagar la percepción, tanto entre las ciudades lacustres como las islas, de que eran objetivos que podían ser alcanzados rápidamente. Estos aspectos se resaltan en «Historia general de la infantería de marina mexicana».

La ubicación de Tenochtitlán brindaba a las milicias la capacidad de desplazarse velozmente por toda la cuenca, lo que otorgaba una ventaja estratégica crucial.

«Dentro de su estructura militar, los mexicas contaban con un Cuerpo de Infantería que no solo operaba en tierra firme, sino también en entornos fluviales, lacustres y costeros. Esto significaba que esta infantería tenía una versatilidad tanto en entornos terrestres como acuáticos.»

En el contexto de Tenochtitlán, la ruta que actualmente corresponde a la avenida 16 de Septiembre-Corregidora tenía una naturaleza híbrida. Esta vía presentaba un ancho de 7.5 metros en el carril acuático y 5 metros en el carril terrestre.

La plaza del volador

Trece bergantines desde Tlaxcala.

La visión que los españoles tuvieron al contemplar por primera vez la majestuosidad de la ciudad de México-Tenochtitlán ha sido descrita en innumerables ocasiones; Bernal Díaz del Castillo la expresó como «… cosas de encantamiento». Cuando se les invitó a explorar la ciudad, tanto la estructura lacustre como la actividad naval llamaron poderosamente la atención de los conquistadores. Hernán Cortés observó detenidamente el funcionamiento de las compuertas y reconoció la amenaza que representarían en los futuros enfrentamientos. En respuesta, planeó la construcción de «cuatro bergantines para facilitar la salida por agua en caso de necesidad», según se relata en crónicas de la época.

Al mismo tiempo, Moctezuma II experimentó por sí mismo el asombro al subir a uno de los bergantines, cuando fue invitado a unirse a una cacería. La tecnología del velamen, desconocida para él, demostró ser muy superior a las canoas indígenas que no lograban alcanzarlo.

El primer gran choque entre los mexicas y los españoles, junto con sus aliados indígenas, tuvo lugar después de la matanza en el Templo Mayor, en la que 600 mexicas de alto rango fueron asesinados por los soldados de Cortés. La represalia indígena finalizó el 30 de junio de 1520, después de siete días de asedio contra los extranjeros, quienes se resguardaron en las casas de Axayácatl. Los españoles huyeron en silencio durante la noche, a lo largo de la avenida Tlacopan. Sin embargo, fueron descubiertos y atacados tanto a través de las acequias como desde la retaguardia con proyectiles. A pesar de llevar un puente portátil para cruzar las secciones cortadas por las acequias, muchos no lograron llegar a tierra firme y perdieron la vida en el intento.

La Calle de Roldan

Un año después, con el apoyo de los tlaxcaltecas, Cortés retornó con la firme intención de conquistar la ciudad. Su estrategia implicaba cercarla y cortar sus provisiones, en especial el suministro de agua potable que llegaba a través de un acueducto desde Chapultepec. Para enfrentar a la flota naval imperial, trajo consigo desde Tlaxcala 13 bergantines que había mandado a construir. Estos fueron transportados por ocho mil indígenas hasta el lago de Texcoco. El primer combate naval documentado en las crónicas del continente americano se libró a 2,200 metros sobre el nivel del mar durante el sitio impuesto por Cortés a la gran Tenochtitlán en el lago de Texcoco, comenzando el 10 de mayo de 1521 y prolongándose por 95 días, según registros en «Historia general de la infantería». Otras fuentes sugieren que su duración fue de 75 días.

Mediante alianzas que se fueron consolidando, Cortés finalmente logró la conquista con el respaldo de 50 mil combatientes indígenas y 20 mil canoas. Del lado mexica, participaron 300 mil efectivos y «miles» de canoas, muchas de ellas con armaduras. Entre sus tácticas de combate, los mexicas instalaban estacas en el lago para dañar las embarcaciones enemigas o las conducían hacia áreas no visibles llamadas albarradones para que chocaran allí. Algunos de los bergantines tuvieron que ser reparados durante el asedio.

Mientras tanto, las incursiones terrestres se hicieron más profundas con el paso del tiempo. La provisión de agua potable se agotó pronto y la solución de abastecerla mediante canoas resultó insostenible. El corte de comunicación entre Tenochtitlán y Tlatelolco, su fuente de provisiones, resultó crucial.

En la batalla final, que se prolongó durante 24 horas, los mexicas enfrentaron tanto los bergantines como 6 mil canoas. Finalmente, el 13 de agosto, la Tenochtitlán exhausta por la guerra, el hambre, la sed y la viruela, cayó, tal como se resume en «Historia general».

En el tiempo posterior, al este de la ciudad, se erigió una fortaleza conocida como Las Atarazanas para resguardar los bergantines, garantizando su seguridad y su capacidad de entrada y salida según fuera necesario. Este sitio, cercano al mercado de La Merced, evolucionó en una plazuela. Sin embargo, la falta de atención, mantenimiento y carena condujo a la destrucción de aquellos navíos entre los años 1531 y 1540.

Paseo de la viga

Soluciones en la nueva España un Círculo vicioso de parches

La capital de Nueva España mantuvo en parte el sistema hidráulico prehispánico, aunque sufrió daños considerables durante el asedio. Un ejemplo de esto fue la ruptura de la albarrada de Netzahualcóyotl por parte de Cortés, que había servido para dirigir el flujo de agua dulce de manantiales y lagos como Xochimilco y Tláhuac alrededor de la isla. Esta ruptura se realizó para abrir paso a los bergantines. Luego de la guerra, muchas acequias fueron rellenadas con piedras de edificios destruidos, transformándolas en calles y avenidas.

Pese a esto, la navegación fluvial siguió siendo activa, no solo para el abastecimiento, sino también para la construcción de la nueva ciudad. Una gran cantidad de materiales fue transportada en canoas. Curiosamente, varios diques fueron alterados al usar sus piedras.

Posteriormente, la intensidad del tráfico acuático disminuyó. Según Sierra, «durante los años de la Conquista, el número de canoas oscilaba entre 100 y 200 mil; en el siglo XVI, más de mil canoas ingresaban a la ciudad diariamente». Sin embargo, para el siglo XVII, esta cifra variaba entre 70 y 150.

La desarticulación del sistema hidráulico condujo a problemas de inundaciones que, a su vez, dificultaron la limpieza de los canales, generando un círculo vicioso. La inundación de 1629, que sumió a la ciudad en agua y lodo durante cuatro años y forzó evacuaciones, agravó aún más el sistema fluvial. Por ejemplo, la albarrada de San Lázaro quedó completamente cubierta por el agua.

Estas dificultades llevaron a los españoles a intentar solucionar el problema mediante parches, pero sin éxito. A fines del siglo XVI, la idea de desecar el lago ya estaba en consideración, aunque llevaría siglos llevarla a cabo.

No obstante, hacia finales del siglo XVII y principios del XVIII, los viajeros y cronistas elogiaban la imagen «veneciana» de la ciudad. A pesar de las adversidades, siete acequias principales sobrevivieron, junto con varias secundarias, canales y puentes que fomentaron un vibrante comercio.

De hecho, hubo un resurgimiento en la actividad comercial fluvial. Cada canoa podía transportar entre 65 y 70 fanegas de maíz (una fanega era aproximadamente 55 litros), según señala Sierra. A finales del siglo XVII, se estimaba que llegaban a la ciudad alrededor de 5 mil fanegas. En 1709, se registraron 97 mil 330 fanegas transportadas en 1,419 canoas. Además, otros productos también se transportaban a través de esta vía fluvial.

En 1803-1804, el Virrey Iturrigaray tomó la decisión de abrir el canal de Texcoco con el propósito de reducir los costos del transporte de trigo proveniente de Tula y Cuatitlán. Esto se debía a que el flete terrestre presentaba un costo elevado. Los caminos de tierra estaban en riesgo debido a la presencia de asaltantes y sufrían deterioros durante la temporada de lluvias, aunque el rendimiento del canal fluvial disminuía en épocas de sequía.

No obstante, en una suerte de contradicción institucional, se continuaba con el proyecto de drenaje y desecación de los lagos. La llegada de la dinastía de los Borbones al trono español marcó el destino de Nueva España en términos económicos, políticos, sociales y culturales. El sistema de acequias y canales también enfrentó su desafío definitivo.

Debido a su limitada eficiencia como medios de transporte de personas y provisiones… Las reformas borbónicas incluyeron un enfoque en la limpieza y la organización de las vías. Las acequias fueron identificadas como «fuentes de infección», pero para asegurar el drenaje de la ciudad, «las principales (…) fueron reemplazadas por conductos subterráneos o atarjeas».

El proceso de obstrucción de las acequias comenzó en 1753, iniciando con la cegada de la Acequia Real, la más caudalosa de todas: «…fue bloqueada en el tramo con menos tráfico fluvial, entre el Coliseo y la esquina suroeste de la Plaza Mayor, y en su lugar se construyó una doble atarjea para asegurar un flujo fluido de las aguas».

Para principios del siglo XIX, «las ‘calles de agua’ prácticamente habían desaparecido» de la estructura urbana. De los 56 puentes que existían a mediados del siglo XVIII, se habían perdido alrededor de una docena —los restantes se deterioraron—, aunque también se construyeron algunos nuevos.

Canales en la Ciudad de México

Un triste desmontaje

La transformación del antiguo sistema hidráulico de México-Tenochtitlan fue ejecutada metódicamente bajo la dirección de los Borbones. Este cambio no solo modificó el panorama urbano de manera permanente, sino también los medios de transporte y los puntos de referencia para los habitantes de la ciudad colonial.

La progresiva «obstrucción de las acequias» se inició en el siglo XVIII y continuó a lo largo del XIX, tal como se detalla en el estudio «Las calles de agua de la Ciudad de México en los siglos XVIII y XIX» de Guadalupe de la Torre.

Varios factores contribuyeron a este proceso. La disminución del nivel del agua en las acequias se debió a «la desviación de corrientes de agua y la expansión de los cauces de los ríos para ampliar el riego de tierras cultivables». Además, «la falta de una estrategia efectiva para el mantenimiento y limpieza de las acequias provocó su deterioro».

Canales en Iztacalco

Hacia finales del siglo XIX, los puentes ya no eran puntos de referencia urbanos predominantes, aunque muchas calles aún conservaban nombres relacionados, como Puente de la Misericordia, Puente de Tezontlale, Puente del Espíritu Santo o Puente del Zacate, como señala De la Torre.

Sin embargo, la Acequia de Mexicalzingo, también conocida como el Canal de La Viga, tuvo un destino diferente. A lo largo del siglo XVIII, las autoridades virreinales se interesaron en mantenerla funcional para facilitar el tráfico de canoas y trajineras. Ante la disminución del nivel del agua debido a la desecación de los lagos, se instalaron compuertas en Chalco para regular su caudal.

Este canal contaba incluso con un puente destacado, el de La Viga, que desde 1604 funcionaba como un punto de control, situado a dos kilómetros de la actual calle de San Pablo. En el siglo XIX, transitaban por este canal una amplia variedad de productos, desde alimentos como ajonjolí, arroz y maíz, hasta materiales como madera, vigas, hierro y más, como detalla el relato de Araceli Peralta en «El canal, puente y garita de la Viga».

En el periodo de 1858 a 1859, la garita de La Viga vio el paso de 685 trajineras, 960 embarcaciones de mayor tamaño (24 varas de largo), 90 de tamaño medio (12 varas de largo) y 458 chalupitas que transportaban lana, piedra, arena y más, sumando un total de 4,944 canoas.

Este ajetreado flujo comercial se uniría a la nueva ola de innovaciones industriales.

Barco en Paseo de la Viga

La República Mexicana en un barco de vapor

Después del logro de la guerra de Independencia, la cuestión del sistema lacustre en el valle de México siguió siendo un tema polémico: «mientras algunos consideraban esencial drenar los lagos, otros abogaban por aprovecharlos para propósitos de transporte, canalización e irrigación, y había quienes creían en la combinación de ambas estrategias para el desarrollo planificado de la Ciudad de México», según destaca la opinión de Sierra.

En el grupo de aquellos interesados en aprovechar los cuerpos de agua, se encontraban diversos emprendedores e inventores que, desde la década de 1840 hasta finales del siglo, presentaron una serie de proyectos para la navegación interior. Sorprende la capacidad de muchos de estos proyectos para prosperar, a pesar de la inestabilidad política y económica que caracterizó a México en gran parte de ese período, aunque es cierto que varios también tuvieron resultados desfavorables.

El precursor de la navegación a vapor en el Anáhuac fue Mariano Ayllón, quien superó múltiples obstáculos para establecer y operar una compañía con tres barcos a vapor, destinados a viajar entre la capital, Chalco, Texcoco, Tacubaya, Guadalupe Hidalgo, San Ángel y Tlalpan. Esto implicó desde la construcción de los dos primeros barcos a vapor (uno con capacidad para 200 pasajeros y otro para 20), hasta la creación de un muelle en la garita de La Viga, la limpieza del canal y la elevación de algunos puentes. El 21 de julio de 1850, el vapor Esperanza realizó su primer viaje a Chalco, y para agosto, el servicio ya estaba en funcionamiento de manera regular.

En 1861, José Brunet también obtuvo permiso para operar barcos de vapor en el valle. Además, Carlos Pehive introdujo «barquillos a hélice para el canal o zanja de México a Tacubaya», mientras que Tito Rosas promovía la navegación en veleros. Durante el gobierno de Maximiliano (1863-1867), como menciona Sierra, se otorgaron algunos permisos adicionales. En 1869, una compañía lanzó el vapor Gautimoc, que ofrecía servicios entre la ciudad y las poblaciones a orillas del lago. En su viaje inaugural, el presidente Juárez fue invitado y parte de su gabinete estuvo presente. Aunque en el trayecto hubo una explosión en la caldera, afortunadamente sin causar daños. Guillermo Prieto, en una crónica, comentó: «… llama la atención la buena fortuna del ciudadano Presidente de la República, quien sale siempre ileso de todos los peligros».

La aprobación de más proyectos continuó hasta 1890. No obstante, la desecación natural de los lagos persistía, y mantener niveles de agua adecuados para la navegación en los canales se volvía cada vez más desafiante hacia la segunda mitad del siglo XIX. Numerosos barcos de vapor operaron en este periodo entre la capital y Chalco.

A pesar de la necesidad de obras, la incertidumbre sobre si acelerar la desecación era la mejor opción seguía siendo un tema sin resolver. Fue durante el gobierno de Madero que finalmente se optó por llevar a cabo esta tarea.

Antigua Acequia Real

Últimos destellos de un pasado lacustre.

La transformación del sistema lacustre en la Ciudad de México experimentó sus últimas fases a finales del siglo XIX y en los albores del siglo XX. Los elementos que contribuyeron a este proceso son en esencia similares a los que se manifestaron a mediados del siglo XVIII, pero con una intensidad acentuada. Además, el auge del ferrocarril y posteriormente del automóvil desplazaron gradualmente al transporte fluvial.

Tras el desagüe del canal de la Viga, este cuerpo de agua se convirtió en un depósito de desechos y basura, donde se acumulaban elementos como lirio acuático, animales en descomposición y diversos tipos de materiales putrefactos. Esta situación llevó a la Comisión de Higiene a catalogar esta área como un riesgo elevado para la salud pública. En 1940 se inició el proceso de relleno y para 1957 se logró pavimentar la zona, como detalla Peralta.

Vemos a un grupo de músicos tocando una canción en una balsa que servía para trasportar a la gente, aunque el nivel del agua ya no era tan algo. Inundación de Ciudad de México de 1951

Un tipo de resurgimiento del sistema lacustre tuvo lugar en 1952, cuando se registraron inundaciones que ocasionaron considerables daños en el Centro de la ciudad, especialmente en la calle 16 de Septiembre. Durante este período, las canoas reaparecieron de manera «esporádica» para transportar a las personas, como señala Sierra. Parecía que el espíritu de tiempos pasados deseaba recordar a los habitantes de la moderna Ciudad de México uno de los medios de transporte que en su momento fue esencial en esta región.

Algunas maniobras de resucitación.

El descubrimiento en 1978 del monolito de la diosa Coyolxauhqui, perteneciente a la civilización mexica, en la zona del Templo Mayor, provocó un notable interés por parte de los gobiernos local y federal para revitalizar el Centro Histórico de la Ciudad de México, que había sido descuidado a nivel institucional.

La iniciativa comenzó con la demolición de estructuras en la región para recuperar los vestigios prehispánicos. Este proceso fue seguido por una especie de reconstrucción de la ciudad virreinal, lo que implicó la restauración de edificios emblemáticos y la recuperación de la escala histórica de la urbe.

El proyecto de restauración, realizado entre 1980 y 1981, también abarcó excavaciones arqueológicas en un tramo de 260 metros de la Acequia Real, que se extendía por las calles de Corregidora, desde Pino Suárez hasta Alhóndiga, y posteriormente siguiendo esta última. La Acequia Real, que fue vital en la época prehispánica, había sido parcialmente obstruida en varios puntos y se completó su cierre en 1939.

Estas excavaciones permitieron trazar el recorrido de la acequia y descubrir restos de muros, escaleras, embarcaderos y puentes, así como una variedad de objetos, tanto de la era prehispánica como de la colonial.

Bajo la dirección de los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez y Vicente Medel, junto con el historiador Gastón García Cantú, se decidió restaurar dos secciones de la Acequia. Una de ellas estaba ubicada en Corregidora, a lo largo del Palacio Nacional, y la otra en Alhóndiga.

Las imágenes de ese momento muestran un paisaje urbano inusual con estas dos áreas de agua restauradas. Sin embargo, esta era también una época de rápido crecimiento del comercio informal, lo que llevó a la invasión de las calles. Los tramos restaurados quedaron ocultos y se convirtieron en depósitos de basura, repitiendo un patrón de decadencia. En 2004, estas secciones tuvieron que ser cerradas nuevamente.

Durante un tiempo, se formaron charcos bajo el puente de Roldán y cerca de la Casa del Diezmo. Estos problemas se abordaron en 2009, cuando se llevó a cabo una renovación de la infraestructura urbana de la calle Alhóndiga, convirtiéndola en un área peatonal y sellando estos charcos.

Final de los lagos y acequias (Canales) en la Ciudad de México

Con este evento, parece que se concluyó el capítulo de las vías navegables en el Centro Histórico. Sin embargo, la Ciudad de México sigue ubicada en una cuenca lacustre, y la potencia del agua que permanece en sus cimientos a veces se manifiesta, recordándonos su pasado.

El Canal de la Viga

Las Cuaresmas Floridas y el Paseo de la Viga

Un segmento del canal de La Viga se transformó a finales del siglo XVIII en el encantador Paseo de la Viga. Conocido también en distintos momentos como Paseo de la Orilla, de Revillagigedo, Paseo Juárez y de Iztacalco, experimentó su mayor esplendor en el siglo XIX.

Este lugar de esparcimiento y entretenimiento para los habitantes de la Ciudad de México abarcaba 1,560 metros de longitud por 30 metros de ancho. Su belleza natural inspiró a diversos escritores, incluyendo a Guillermo Prieto, la marquesa Calderón de la Barca, Luis Castillo Ledón e Ignacio Muñoz, según destaca Araceli Peralta.

El Paseo de la Viga

Especialmente durante la Cuaresma y la celebración del Viernes de Dolores, o Fiesta de las Flores, personas de todas las clases sociales se congregaban en este sitio. Ignacio Muñoz, mencionado por Peralta, relata: «Desde temprano, toda la ciudad se dirigía a estas calles (Roldán) donde estaba el muelle, alquilando canoas y trajineras adornadas con amapolas, apios, tules y claveles, que se utilizaban para pasear a lo largo del canal hasta llegar a la Viga o Santa Anita […] los remeros cantaban y bailaban en las canoas, donde se servían tamales, moles, atoles, enchiladas y toda suerte de delicias de la compleja gastronomía mexicana».

Los campesinos xochimilcas aprovechaban esta festividad para ganar ingresos adicionales, ofreciendo paseos en sus canoas.

No estaban exentos los incidentes, «principalmente causados por la embriaguez y la negligencia de los visitantes, lo que llevó al Ayuntamiento a establecer una fuerza policial montada encargada de mantener el orden en los paseos de la Ciudad de México».

Mapa con las acequias o canales de la Ciudad de México

Acequias en la Ciudad de México.

Durante el siglo XVIII, se destacaban cinco acequias principales en la Ciudad de México que se originaban en la zona occidental de la cuenca de México y atravesaban la región en dirección oeste-este, siguiendo la inclinación natural del terreno hasta desembocar en el lago de Texcoco, la zona más baja. Según la investigación de Guadalupe de la Torre Villalpando, estas acequias eran fundamentales en la estructura hidráulica de la ciudad.

Entre estas acequias, se encontraban la de Santa Ana, Tezontlale, la del Apartado o del Carmen, otra no especificada que entraba a través de la calzada de Chapultepec (abarrotando los barrios de San Juan y Belén), y luego se desviaba hacia el sur, atravesando el barrio de Salto del Agua y Monserrat hasta llegar a la ciénega de San Antonio Abad. La acequia Real o del Palacio era la más extensa y caudalosa, dividida en tres ramales, entre ellos el de Regina y el de La Merced.

Adicionalmente, estaba la destacada acequia de Mexicaltzingo o canal de La Viga, que surgía al sur, en Chalco, y seguía su curso hacia el norte, pasando por el este de la ciudad. Otra acequia significativa era la de resguardo (fiscal) o «zanja cuadrada», así llamada debido a su forma distintiva. Fue iniciada en la primera mitad del siglo con el propósito de conectar las garitas que rodeaban la ciudad, facilitando un mejor control del cobro de impuestos y el ingreso de mercancías. Aunque nunca se completó en su totalidad, los tramos que se construyeron desaparecieron gradualmente debido a la expansión urbana a finales del siglo XIX.

Estas acequias desempeñaron un papel vital en la configuración histórica de la Ciudad de México, y aunque muchas de ellas ya no son visibles, su legado perdura y sigue influyendo en la estructura de la ciudad actual.

Recorrido Histórico por Bucareli: Descubre su Magia en un Paseo Único

Bucareli

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En las crónicas iniciales, en Bucareli se describía como un encantador lugar rodeado de árboles, ofreciendo vistas pintorescas de majestuosas montañas. Descubrir su fascinante historia demanda disposición para dar un recorrido de más de mil pasos, deteniéndose en el camino para desentrañar enigmas del pasado y experimentar de cerca la esencia arquitectónica característica del período del Porfiriato.

El palacio Cobián en Bucareli

La esencia de Bucareli es similar a la de un cuerpo adornado con lunares que se extienden desde la cabeza hasta los pies. A simple vista, estos puntos no siempre resplandecen, pero cuando se observa con detenimiento, desde diferentes ángulos y direcciones, tus ojos serán gradualmente cautivados por ellos.

Minúsculos, grandes, a veces difusos… cada lunar representa un rasgo de nacimiento que narra una historia que data del siglo XVII. Estos lugares han sido testigos del paso de millones de calzados a lo largo de diversas épocas, y a pesar del transcurso del tiempo, siguen vibrando con vida.

Las crónicas iniciales retrataron este espacio como un área frondosa, especialmente adornada con ahuehuetes y fresnos, desde donde las montañas se divisaban con majestuosidad. Aquí convergían personas de todas las clases sociales: políticos, militares y civiles. Algunos caminaban, otros a caballo, y unos pocos se desplazaban en carruajes.

Cada tarde, la población disfrutaba de paseos alrededor de las tres fuentes que embellecían la serena senda. Sin embargo, eran los domingos y festivos los días preferidos por la gente para emprender este recorrido, tal como relata la marquesa Madame Calderón de la Barca, una destacada cronista del siglo XIX que documentó la vida en la Ciudad de México.

Bucareli ostenta el título de ser el «segundo paseo más relevante» en la ciudad, justo después de La Alameda, que se remonta a 1590. De acuerdo con Édgar Tavares López, experto investigador y catalogador de monumentos históricos y artísticos, el nombre de este lugar proviene del virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa, quien inauguró este emblemático espacio en 1778. Si buscas sumergirte en la historia de la Ciudad de México, explorar Bucareli es un viaje que no debes pasar por alto.

Antiguo Reloj Chino de Bucareli

Explorando la Historia de Bucareli: Paseo desde la Glorieta de La Acordada hasta la Garita de Belén

Adentrarnos en la rica historia de Bucareli nos llevó a recorrer la vía que se extiende desde la antigua glorieta de La Acordada, ahora hogar de la estatua de Enrique Carbajal conocida como «El Caballito», hasta la otrora ubicación de la garita de Belén, marcada por el cruce de Avenida Chapultepec y Cuauhtémoc. Este viaje implica estar dispuesto a dar más de mil pasos y dedicar unos minutos a detenerse, permitiendo desvelar los enigmas históricos que forman la anatomía de este lugar y sentir en la piel la arquitectura característica del Porfiriato.

Según las palabras del reconocido cronista Tavares López, la Ciudad de México experimentó un crecimiento modesto durante los tres siglos de dominio español, lo que hace que el surgimiento de este paseo destaque con un esplendor singular en la historia urbana. «Para mí, representa un hito urbanístico de suma importancia, sin comparación desde la perspectiva histórica», destaca nuestro guía en esta travesía.

Este recorrido atestiguó momentos cruciales: la entrada del Ejército Trigarante en 1821, marcando la consumación de la Independencia del país; presenció la Decena Trágica, los estruendos de los cañonazos en el Reloj Chino, y fue testigo del paso de figuras icónicas como Fidel Castro y Ernesto Che Guevara. Aquí resonaron los pasos de poetas de renombre como Octavio Paz, Renato Leduc y Ramón López Velarde. Fue el escenario donde miles de ejemplares del diario Excélsior circularon bajo la dirección del influyente periodista Julio Scherer. Además, fue el crisol en el que nacieron movimientos literarios, incluido el infrarrealismo con sus destacados exponentes Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño. Así, a lo largo de los siglos, este tramo de la ciudad se ha consolidado como un espectáculo caleidoscópico de su historia multifacética. Si anhelas sumergirte en la trama evocadora de Bucareli, este paseo es una travesía que no puedes dejar pasar.

Edificio la mascota de Bucareli

Los Últimos Testigos de Bucareli: Un Vistazo al Patrimonio Cultural e Histórico de La Gaona

En el corazón de Bucareli, una puerta de madera desgastada y de tono rojizo se convierte en el acceso al segundo complejo residencial multifamiliar que cobró vida en la Ciudad de México: La Gaona (1922). Tavares nos guía describiendo su estilo neocolonial adornado con cornisas de diseño mixtilíneo y una puerta de imponentes dimensiones. El nombre local para estas puertas de nogal, es el mismo con el que María del Carmen Hernández, residente desde su infancia, nos da la bienvenida. Esta morada fue legada a ella y a su madre por su padrino, el cineasta de filmes gansteriles, Juan Orol.

Dentro de los muros de este condominio, Maricarmen (como cariñosamente la llaman sus vecinos) recuerda con nostalgia las posadas que solían frecuentar artistas como Silvia Pinal y Pita Amor. Nos adentramos en su «privado», un departamento que rinde tributo al antiguo Bucareli a través de sus paredes tapizadas con fotografías evocadoras. Maricarmen nos cuenta la historia del torero Rodolfo Jiménez Gaona, quien adquirió el inmueble en las décadas de 1920 y 1930 con la intención de brindar vivienda a las familias ligadas a la tauromaquia. En las décadas siguientes, Orol y Jiménez cruzarían sus caminos.

Hoy en día, este edificio ostenta el título de patrimonio cultural e histórico, honrado por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el Instituto Nacional de Artes e Historia (INAH). «La Gaona es uno de los tesoros más valiosos de Bucareli», enfatiza Maricarmen. «Este es el hogar de los últimos testigos de esta calle, portadores de innumerables anécdotas», agrega, respaldada por su formación como arquitecto en la Universidad Autónoma de México (UAM).

Desde su espacioso hogar, Maricarmen disfruta de un balcón con vistas hacia la sede actual de la Secretaría de Gobernación, conocida como el Palacio Cobián. Esta residencia fue ocupada en el pasado por Don Feliciano Cobián y Rosalía Fernández, comerciantes y algodoneros españoles que, según el cronista Salvador Novo (1904-1974), transformaron un predio utilizado antiguamente por el tranvía de vía Angosta de México, Tacubaya y Mixcoac en este espléndido palacio. Con un estilo renacentista italiano y un aire sumamente europeo, como observa Tavares.

En el medio, se ubicaba la glorieta de Bucareli adornada con la fuente de La Libertad del arquitecto Joaquín Heredia. Un episodio notable en la historia de esta área fue el obsequio del último emperador chino, Puyi, de la dinastía Qing: un reloj que simbolizaba la amistad entre los gobiernos chino y mexicano, con motivo del centenario de la Independencia en 1910. Sin embargo, en 1913, durante el derrocamiento de Francisco I. Madero, este reloj fue derribado por cañonazos. En el bicentenario de la Independencia, la revista China Hoy contribuyó a su reconstrucción mediante donaciones, rescatando así un pedazo significativo de la historia de Bucareli.

Edificio Bizcaya en Bucareli

Descubre los Encantos de La Ciudadela y La Gaona en Bucareli

Justo en las inmediaciones se encuentra La Ciudadela, un emblemático recinto que resguarda una colección de cañones históricos. Actualmente transformado en un parque, este espacio atrae a visitantes para pasear a sus mascotas, disfrutar de la lectura, dar relajantes caminatas o brindar momentos de juego a sus hijos.

En la esquina cercana a La Gaona, una placa modesta se alinea junto a cables eléctricos, exhibiendo el nombre del autor de la obra: Ángel Torres-Torija. Desde aquí, se obtiene una vista panorámica de los escudos representativos de cada entidad de la República. María del Carmen Hernández, una figura prominente en la defensa vecinal contra los despojos inmobiliarios de este edificio, señala con orgullo las figuras de los siete virreyes, entre ellos el virrey Bucareli, esculpidas en la fachada de tezontle. Cada uno de estos retratos está enmarcado por un mosaico compuesto por cuarenta piezas de teselas en tonos de azul cobalto y amarillo, técnicas que eran comunes en aquella época.

Con una sonrisa, Hernández destaca un detalle curioso: «Fíjate en cómo no tiene una ‘hache’, es una ‘efe’. Parece que dice ‘Fernán’ en lugar de ‘Hernán Cortés'», comentando sobre algunas piezas que se encuentran desgastadas y otras con defectos, un recordatorio de la duradera influencia del tiempo. En la misma pared, se hallan los conocidos «ojos de buey»: pequeñas ventanas circulares que dejan pasar los rayos del sol. La experta explica que algunas de estas ventanas cuentan con tragaluces en forma de pirámides, diseñados de esta manera debido a la necesidad de conservar el calor en las antiguas edificaciones.

Descubre el encanto que albergan La Ciudadela y La Gaona en Bucareli, y sumérgete en la fascinante historia que yace entre estas paredes.

Casa de don feliciano Cobián en Bucareli

Un Fascinante Paseo por Bucareli: Historia y Encanto en Cada Rincón

El comienzo de este histórico paseo se encuentra marcado por el icónico edificio del periódico Excélsior, un diseño de Silvio Contri, ubicado en el número 18. Los elementos originales como las entradas, ventanales y balcones, todos generosamente amplios, conservan un toque de la arquitectura afrancesada característica del Porfiriato, según nos comparte Tavares.

La atmósfera circundante ofrece un equilibrio entre lo antiguo y lo contemporáneo: el aroma de los puestos de tacos se mezcla con el sonido de los cláxones de los autos. En el área, varios negocios de autopartes, establecidos desde mediados del siglo pasado, evocan un sentimiento de nostalgia. Maricarmen destaca: «La mayoría de los negocios en esta zona son de esta índole, con raíces que se remontan a muchos años atrás».

En tiempos pasados, los caminos de este paseo resonaban con el galope de caballos y el giro de las ruedas de madera, rodeados por «más de dos mil fresnos sembrados en este lugar», como relató el ensayista e historiador Salvador Novo, cuyas crónicas sobre la ciudad fueron recopiladas en el libro «Los Seis Siglos de la Ciudad de México», publicado por el Fondo de Cultura Económica.

El libro «La Vida en México», de la escocesa Madame Calderón de la Barca (1804-1882), describe vívidamente la escena de antaño: «una larga y ancha avenida orlada con los árboles… se halla una fuente grande de piedra, cuyas centelleantes aguas se asemejan frescas y deliciosas, y que remata una dorada estatua de la Victoria. Aquí, cada tarde, pero de preferencia los domingos y días de fiesta, estos últimos no tienen fin, se pueden ver dos largas filas de carruajes llenos de señoras, multitud de caballeros montando a caballo entre el espacio que dejan los coches, soldados, de trecho en trecho, que cuidan el orden y una muchedumbre de gente del pueblo y de léperos, mezclados con algunos caballeros que se pasean a pie…».

Tavares, el experto, enfatiza el papel que jugaba la orientación de la avenida: «El historiador Manuel Orozco y Berra (1816-1881) solía destacar la sensación de disfrutar del aire libre y tener una vista panorámica hacia el occidente, mientras el sol del oriente bañaba el lado derecho de la cara».

Al acercarse al final de esta travesía, justo antes de que Bucareli se interseque, aparece el edificio de La Mascota (1912). Reconocido como el primer condominio en la Ciudad de México, este edificio diseñado por el ingeniero Miguel Ángel de Quevedo desemboca en tres entradas nombradas en alusión a marcas de cigarros, dado que fue mandado a construir por Ernesto Pugibet, dueño de una fábrica de tabacos, para sus administradores. Esta edificación, moderna desde sus cimientos, solía albergar un café donde se rumorea que el poeta Ramón López Velarde escribió su poema «La Suave Patria».

Al cruzar la calle, se encuentra el edificio Vizcaya, obra de Roberto Servín. A pesar del paso del tiempo, este edificio sigue representando la arquitectura de la era de Porfirio Díaz, con toques muy afrancesados. Con apartamentos espaciosos y una azotea convertida en área de descanso, el edificio encarna la continuidad de un estilo. En la planta baja, una cantina, con su nombre intacto desde 1939, atrae con sus puertas plegables. El acceso está limitado a mayores de edad y uniformados militares, como advierte un letrero. En el exterior, botellas de cerveza vacías resguardan su entrada, incluyendo las primeras Kloster que llegaron a México. En el interior, los acordes de jazz de la estación Horizonte llenan el espacio a diario. El alemán de ojos claros que la regenta se comunica en silencio. Un mecánico de autopartes revela: «Este lugar solía ser el punto de encuentro para muchos bohemios de mediados del siglo pasado».

Embarca en este apasionante paseo a través de Bucareli, donde cada paso revela los tesoros y la historia entrelazada de la Ciudad de México.

Edificio la mascota de Bucareli

Recuperando la Esencia de Bucareli: Lugares Emblemáticos que Resisten el Paso del Tiempo

Para Tavares, seis lugares son las auténticas columnas de la historia que sostienen la esencia de Bucareli: el icónico edificio que albergó al periódico Excélsior, el evocador Reloj Chino, el enigmático La Gaona, el majestuoso Palacio de Feliciano Cobián, el distintivo La Vizcaya y el nostálgico La Mascota. «Estos lugares representan lo mejor de nuestro paseo. Con árboles imponentes, fuentes que cuentan historias y glorietas emblemáticas… si hubieran sido preservados, poseeríamos dos paseos de una belleza extraordinaria: Bucareli y La Alameda. Sin embargo, en la actualidad, lamentablemente, Bucareli muestra señales de descuido», comenta.

En su apogeo, la amplitud de Bucareli, según relata Salvador Novo, se extendía por tres caminos: uno para carruajes, otro para caballos y un tercero para peatones. No obstante, el paso del tiempo y la creciente urbanización llevaron a un acortamiento del paseo. «En la ciudad moderna, el acto de pasear ha sido desplazado por la invasión automovilística, y esos momentos de sentir los latidos de la ciudad se han perdido», lamenta Tavares.

El virrey Bucareli tenía un ambicioso propósito: embellecer este paseo para crear una conexión entre la Alameda y la garita de Belén, formando así un acceso al bosque similar a los elegantes Paseo de Recoletos en España o los Campos Elíseos en Francia. El fallecido cronista Guillermo Tovar y de Teresa explicaba en 2005 al diario El Universal que esta visión buscaba emular las grandiosas avenidas de Europa. Sin embargo, con el surgimiento del Paseo de la Reforma en 1867, la presencia de Bucareli se vio eclipsada. A pesar de los estragos del tiempo, el arquitecto considera que «en comparación con otras calles, se mantiene en un estado admirable».

Tavares destaca con pasión: «Este lugar es un epicentro vital, experimentó una transformación notable desde finales del siglo XVIII hasta el XIX». Añade que las edificaciones presentes en la zona son testigos de la precisión arquitectónica que caracterizaba la época y siguen siendo funcionales en la actualidad, conservando su autenticidad y aportando un vínculo valioso con la historia de la ciudad.

Brevísima historia de las Pulquerías

Primera muestra de pulque

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Con una herencia que se remonta a tiempos prehispánicos de las pulquerías, esta fascinante bebida ha desempeñado un papel fundamental en nuestra rica cultura. Su arraigada presencia en el corazón del Centro Histórico ha sido meticulosamente explorada en este artículo, que se enfoca en el periodo que abarca desde el siglo XVIII hasta el XX. Descubre más sobre esta tradición arraigada y su destacado lugar en nuestra historia en las siguientes líneas.

Pulque Prehispanico

A lo largo de un recorrido histórico que abarca desde los siglos XVIII hasta el XX, nos sumergiremos en la evolución de esta bebida, que en la antigua Ciudad de México compartía la misma cotidianidad que actualmente tienen el café o la cerveza.

Tomando pulque Mexicas

Las primeras Expendios o Pulquerías

Vale la pena destacar que, durante el siglo XVIII, existía una calle renombrada como «Pulquería de Celaya» (actualmente República de Perú, entre Argentina y Brasil). Según narra José María Marroquí en su libro «La Ciudad de México«, en este lugar se erigía una plazuela donde un individuo llamado señor Celaya estableció una pulquería bajo un rústico refugio. Con el tiempo, la población comenzó a asociar el nombre de la calle con la pulquería.

En «Memorias de mis tiempos» de Guillermo Prieto, se describe que, durante el siglo XIX, estos refugios de pulque se caracterizaban por tener techos a dos aguas. Las mesas y sillas improvisadas eran tablones, mientras que el suelo estaba cubierto de aserrín sobre tierra compactada. Las tinas, cada una albergando variantes curadas, se encontraban resguardadas por tablas de madera pintadas en variados colores.

Estos puntos de venta, conocidos como «expendios» o «casillas», eran ubicuos en la ciudad. Para comercializar pulque, los vendedores simplemente requerían solicitar una licencia que se renovaba anualmente y sin costo alguno. No obstante, debían cumplir con pagos mensuales de impuestos, además de regular sus establecimientos en función de una clasificación basada en la ubicación de la calle. Dicha clasificación no se fundamentaba en la calidad del pulque, sino en la proximidad a la Plaza Mayor, un reflejo de la dinámica social, económica y política de la capital.

Maquey Dibujo

Pulquerías por categoría

De esta manera, las pulquerías de primera categoría se encontraban en lugares como el Portal de Mercaderes (junto al Zócalo), Seminario, Escalerillas (Guatemala), Plateros (las primeras dos cuadras de Madero) o San Francisco (Madero). Las de segunda categoría se localizaban en calles como Relox (Argentina), Tacuba, Rejas de Balvanera (Uruguay) o Correo Mayor. Las de tercera categoría se hallaban en Sepulcros de Santo Domingo (Brasil), la Cerca de Santo Domingo (Belisario Domínguez), San Juan de Letrán, Vizcaínas, Mesones o Jesús María.

Las de cuarta categoría se ubicaban en calles como Puente de Cuervo (Colombia), Del Carmen, Del Apartado o Puente de Alvarado. Y finalmente, las de quinta categoría se encontraban en los alrededores de la antigua ciudad, más allá de San Cosme.

En determinados momentos, no era raro encontrar varias pulquerías en una misma calle. Entre los años 1846 y 1861, la calle del Relox albergó al menos tres establecimientos (todos con licencia): uno en la esquina del antiguo callejón del Padre Lecuona (Nicaragua), otro en el cruce con Santa Catalina y un tercero entre las calles Las Moras (Bolivia), ubicado entre Brasil y Argentina.

Efectivamente, el pulque parecía fluir por estas calles. En este contexto, resulta plausible imaginar que debido a la abundancia de estos locales, era común que algunos abrieran y cerraran, o que otros surgieran en la clandestinidad.

Con el objetivo de prevenir esta situación y regular el consumo, cuando un emprendedor expresaba su deseo de establecer un negocio, incluso si era de comida, además de solicitar la correspondiente licencia, se le requería responder a un cuestionario de diez preguntas de carácter sencillo. Como ejemplo, con base en documentos del Archivo Histórico de la Ciudad de México, en 1909, un individuo llamado Chong Sing Lee solicitó autorización para inaugurar una fonda en la séptima calle del Relox (actualmente Argentina, en la esquina con Ecuador).

Pulque en Jarrones

Leona Vicaro y Andres Quintana Roo como pulqueros

Es intrigante y hasta excéntrico considerar la abundancia de pulquerías, incluso dos o tres, en cada rincón de la antigua zona central. Resulta igualmente desafiante imaginar, ya desde el siglo XIX, que grandes mansiones eran destinatarias del pulque, transportado en mulas o carretas directamente desde Apan, un municipio en el estado de Hidalgo, para su distribución y venta en la ciudad. Este era el caso de la residencia actualmente numerada como 37 en la República de Brasil, propiedad de Leona Vicario y Andrés Quintana Roo, quienes operaban una hacienda pulquera.

Incluso existía una distinguida familia dedicada a la comercialización de pulque en la urbe: los Adalid. Según apunta el doctor Lucio Ernesto Maldonado Ojeda en su obra «El Tribunal de vagos de la Ciudad de México», los Adalid vendían pulque embotellado en la calle del Espíritu Santo (en la intersección de Isabel la Católica con Madero y 16 de Septiembre). El mismo autor destaca que Andrés Quintana Roo fue pionero en envasar pulque en la ciudad, un aspecto poco conocido de estos personajes en la historia de México.

Gente tomando Pulque

Ultimas Pulquerias

En cualquier caso, el pulque era un componente integral de la vida cotidiana en esa antigua metrópolis. Impregnaba todas las calles y sus habitantes. Sin embargo, hoy en día, ha quedado en gran medida en el olvido. En cuanto a las pulquerías, solo unas pocas subsisten, y es necesario recorrer varias cuadras para hallar la ubicación exacta. Una de las más renombradas y resilientes ante el paso del tiempo es La Risa, en la calle de Mesones, que opera desde 1903.

Después de un cierre debido a la pandemia, esta icónica pulquería reabrió el 18 de mayo de 2021. Si bien es cierto que el pulque es menos prominente en estas calles en la actualidad, aún prevalece en los históricos senderos del Centro.

La academia de San Carlos

Academia de San Carlos Escultura Principal

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A lo largo de los siglos, desde el XVI hasta la actualidad, La academia de San Carlos ha sido el crisol donde se han moldeado sucesivas estirpes de creadores, muchos de los cuales desempeñaron un papel fundamental en la configuración de gran parte de la herencia cultural arraigada en el corazón mismo del Centro Histórico.

Academia de San Carlos Exterior

Si un viajero recorre la calle de Moneda desde el icónico Zócalo de la capital hacia el oriente, al girar a la derecha en la primera cuadra, se topará con seis medallones notables que capturan los rostros de figuras clave en la historia del arte de nuestro país: Miguel Ángel, Rafael, Jerónimo Antonio Gil, Carlos III, José Bernardo Couto y Manuel Tolsá. Estos nombres, además, son fundamentales en la crónica del edificio que se yergue ante el caminante: la Antigua Academia de San Carlos.

En la actualidad, el edificio de tonos anaranjados alberga la prestigiosa División de Estudios de Posgrado de la Facultad de Artes y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Sin embargo, este edificio tuvo variados roles en el pasado, hasta transformarse en la morada de la Real Academia de Nobles Artes de San Carlos de Nueva España en 1791.

Antigua academia de San Carlos Exterior

La academia de San Carlos Como Hospital

Fray Juan de Zumárraga, el primer obispo de la diócesis de México y fundador de la Real y Pontificia Universidad de México, estableció en este mismo espacio, alrededor de 1539, un hospital, aprovechando un terreno que estaba destinado a ser una cárcel dentro del arzobispado. Este centro médico acogió a personas que sufrían de enfermedades como la sífilis o la lepra, afecciones que no encontraban tratamiento en los limitados hospitales de la época.

En un giro histórico significativo, en 1546, el rey Carlos V promulgó una cédula que asignaba las rentas del pueblo de Ocuituco, en el actual estado de Morelos, para sostener este lugar, desde entonces conocido como el Real Hospital del Amor de Dios. Fray Zumárraga formalmente vinculó la institución a la Catedral y se acordó que una parte de los diezmos se destinara a la atención de los enfermos.

El edificio original experimentó ampliaciones pocos años después, incorporando las casas que habían pertenecido al Colegio de Niñas Indias. Posteriormente, en la esquina donde se cruzan la calle de la Academia y la calle de Moneda, se levantó una iglesia que enriqueció aún más el conjunto arquitectónico.

Durante casi dos siglos y medio, este hospital, en el cual Carlos Sigüenza y Góngora, un influyente pensador novohispano, asumió el rol de segundo capellán, operó de manera constante con sus ciento cincuenta camas. Sin embargo, en 1786, los pacientes fueron trasladados al Hospital General de San Andrés, ubicado en la calle de Tacuba, actualmente el hogar del Museo Nacional de Arte. Esta reubicación marcó el cierre definitivo del Hospital del Amor de Dios.

Academia de San Carlos Interior

La academia de San Carlos como escuela

Dos prominentes personalidades, Gerónimo Antonio Gil, destacado tallador de la Real Casa de Moneda, y Fernando José Mangino, superintendente de la misma entidad, presentaron al virrey Martín de Mayorga un ambicioso proyecto para establecer una escuela de pintura, escultura y arquitectura. Gracias a esta audaz iniciativa, en 1783, Carlos III dio su aprobación para la creación de la Academia de San Carlos. Inicialmente, esta institución tuvo su sede en la Casa de Moneda, aunque el número de estudiantes aumentó significativamente, lo que llevó al arrendamiento del espacio actual por la suma anual de mil pesos.

La Academia se estableció en el antiguo emplazamiento del Hospital del Amor de Dios en 1791. En el mismo año, llegaron desde la metrópoli los renombrados educadores Rafael Jimeno, experto en pintura, y Manuel Tolsá, hábil escultor. Tolsá llevó consigo una valiosa colección de réplicas de yeso de esculturas provenientes del Museo del Vaticano, un regalo del rey Carlos III, que posteriormente recibió elogios del ilustre barón von Humboldt.

Tolsá se convirtió en una figura trascendental en el Centro Histórico de la ciudad, contribuyendo a la construcción de una nueva cúpula para la Catedral Metropolitana y la restauración de su fachada principal. Además, estuvo involucrado en el diseño del Colegio de Minería y creó su obra maestra, la estatua ecuestre del monarca Carlos IV.

Academia de San Carlos Escultura

Real academia de Bellas Artes de San Carlos

En 1794, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos efectuó la adquisición del edificio que había estado arrendando desde 1791, emprendiendo una renovación integral que no obstante conservó la estructura arquitectónica original.

A lo largo de la Guerra de Independencia, la Academia enfrentó un periodo de decadencia marcado por el agotamiento de los recursos destinados a su mantenimiento, lo que culminó en su cierre en 1821. Posteriormente, en 1824, en plena era de independencia mexicana con Agustín de Iturbide como emperador, la institución reabrió sus puertas, si bien fue en 1843 que se logró estabilizar sus finanzas, gracias a un fondo establecido por uno de los diversos gobiernos dirigidos por Antonio López de Santa Anna.

Academia de San Carlos

Remodelación y actualidad de la academia de San Carlos

En 1858, bajo la dirección de Bernardo Couto, se llevaron a cabo las reformas más notables en la estructura hasta esa fecha. El arquitecto italiano Javier Cavallari, quien también se desempeñaba como director de la institución, lideró este proyecto. De esta manera, el antiguo hospital fue expandido y transformado, dando origen a la impresionante obra arquitectónica que sigue asombrándonos en la actualidad.

La fachada principal, diseñada en un estilo renacentista, se destaca por su almohadillado y por la presencia de los medallones mencionados anteriormente.

Asimismo, se puede admirar una réplica de la escultura de san Jorge, una obra del artista florentino Donatello, que fue obsequiada por el gobierno italiano a México durante el Centenario de la Independencia. En 1913, los hermanos Manuel y Carlos Ituarte culminaron la construcción de un llamativo domo de hierro y vidrio de estilo art nouveau, que protege la estructura.

A lo largo de las generaciones, una sucesión de artistas influyentes, incluyendo figuras como Pedro Patiño Ixtolinque, Pelegrín Clavé, José María Velasco, Gerardo Murillo, Santiago Rebull, Salomé Pina, Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Rufino Tamayo, han dejado su marca en las aulas de la Academia, ya sea como maestros o alumnos.

Los ecos de la rica historia artística de México siguen resonando en las sorprendentes calles del Centro Histórico en la academia de San Carlos.

Primeros hospitales en el centro histórico de la Ciudad de México y de América

Hospital Amor de Dios

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México antiguo y el origen de los hospitales

En su detallada narración sobre las costumbres y tradiciones en la antigua Nueva España, fray Bernardino de Sahagún nos revela que en la majestuosa Tenochtitlan, el ámbito médico respondía al nombre de texoxotlaliztli. Encargado de mitigar las dolencias internas, el titícitl ocupaba el rol de médico general, tratando lo que se conocía como tlamatepatliticitl.

Para las labores quirúrgicas, se designaba al texoxotlaticitl, y las técnicas curativas se denominaban tepatiliztli. La adquisición de conocimientos médicos se realizaba mediante una enseñanza empírica, transmitida de una generación a otra.

Los relatos de los cronistas de la época han registrado los antecedentes hospitalarios. En sus escritos, el jesuita Francisco Xavier Clavijero alude a la existencia de la cocoxcalli o «casa del enfermo», un lugar al que acudían las personas en busca de sanación. Además, Bernardino de Sahagún identifica uno de los setenta y ocho edificios del Templo Mayor como etlatiloyan, dedicado al cuidado de los leprosos.

Eduard Seler, en su obra «Las excavaciones en el sitio del Templo Mayor de México«, sitúa aproximadamente este recinto en la actual República de Guatemala, cerca del Pasaje Catedral.

En esta primera era mesoamericana, la medicina estaba arraigada en la botánica, dando una gran relevancia a las plantas medicinales. Estas valiosas especies crecían en los jardines reales, ubicados en lo que hoy se conoce como las áreas de Madero, Isabel la Católica, Venustiano Carranza y Eje Central.

Sin embargo, tras la caída de Tenochtitlan, la situación experimentó un giro drástico. El contacto entre los habitantes locales y los soldados españoles propició el surgimiento de epidemias previamente desconocidas, como la viruela y el sarampión.

Además, emergieron enfermedades como el paludismo, la tosferina y la fiebre amarilla, que diezmaron de manera significativa a la población indígena.

Primeros hospitales de la Nueva España

En la época previamente mencionada, surgieron los hospitales novohispanos, y su relevancia es insigne debido a que, además de atender a necesidades específicas de salud, jugaron un papel crucial en la formación de una nueva idiosincrasia.

Es justo afirmar que, en estos hospitales, mayoritariamente administrados por líderes religiosos, se cimentaron los cimientos del mestizaje. Más allá de esto, estos recintos facilitaron el avance de la evangelización y la educación, medios a través de los cuales los colonizadores españoles propagaron sus creencias al tiempo que amalgamaban sus tradiciones con las de los nativos, dando origen a fusiones en lenguaje, cocina, arquitectura y más.

Este entorno sentó las bases de la tríada «iglesia-hospital-convento», cuyos servicios se brindaban alrededor de uno o dos patios o claustros, que a veces servían también como espacios de recreo para los pacientes. En la mayoría de los casos, estos edificios constaban de dos pisos: el nivel inferior albergaba áreas de servicio como cocina, despensa, refectorio (comedor), baños y lavandería, mientras que el piso superior estaba destinado a los enfermos. Asimismo, se consideraba la orientación de los servicios para garantizar una temperatura agradable y una buena ventilación en todas las habitaciones.

hospitales

Hospital de Jesús

En 1521, Hernán Cortés edificó el primer hospital en el continente americano en Huitzillán, conocido como «lugar de colibríes». Este sitio histórico marcó el encuentro entre Cortés y Moctezuma Xocoyotzin el 8 de noviembre de 1519, y fue consagrado en honor a la Inmaculada Concepción. Actualmente, este antiguo hospital lleva el nombre de Jesús Nazareno y se sitúa en la intersección de República de El Salvador, Pino Suárez, Mesones y 20 de noviembre.

En sus orígenes, esta institución funcionaba como un sanatorio destinado a los menos afortunados, y aquí desempeñaron sus labores los pioneros médicos y cirujanos de la capital novohispana: Cristóbal de Ojeda, Pedro López y Diego Pedraza. El patronato de este centro de salud, concedido por el papa Clemente VII (Giulio de’ Medici) en 1529, se perpetuó en la familia de Cortés y sus herederos.

Hospital de Jesús

A día de hoy, es el único de los hospitales históricos que mantiene su propósito de servir a la comunidad y conserva parte de su diseño original.

Aunque ha sufrido transformaciones significativas, especialmente durante el periodo postrevolucionario y en los años treinta del siglo pasado, cuando se realizó la apertura de la calle 20 de noviembre y la ampliación de Pino Suárez.

Hospital de San Lázaro

Hospital de San Lázaro

En 1524, tuvo inicio la operación del segundo hospital, el Hospital de San Lázaro. Ubicado en las afueras de la ciudad, en un espacio conocido como Tlaxpana, próximo a la zona que hoy ocupa el mercado de San Cosme.

No obstante, en 1528, Beltrán Nuño de Guzmán dispuso su demolición, justificando que el acueducto de Santa Fe, responsable de llevar agua desde Chapultepec, corría el riesgo de contaminación si los pacientes se aproximaban para abastecerse de agua.

Esta situación generó problemas significativos: la metrópoli experimentó un brote de lepra y carecía de un sitio adecuado para atender a los enfermos. Fue en 1572 cuando el doctor Pedro López, reconocido como el «padre de los pobres», propuso la construcción del nuevo Hospital de San Lázaro en el nororiente de la ciudad, en la localidad actualmente conocida como el barrio de La Candelaria.

Esta institución tenía la intención de satisfacer las necesidades de todo el territorio novohispano. Su estructura organizativa era distintiva.

La sección para varones estaba dividida en tres áreas: una para españoles y mestizos, otra para indígenas y una tercera en la que ambas categorías se mezclaban. En contraste, la sección para mujeres era un espacio compartido.

Al momento de ingreso, los bienes del paciente quedaban bajo custodia y administración, siendo devueltos únicamente si el paciente lograba recuperarse.

Hospital Amor de Dios

Hospital del Amor de Dios

Fray Juan de Zumárraga: Fundador del Hospital del Amor de Dios para Enfermos en 1539

En 1539, el ilustre Fray Juan de Zumárraga estableció el Hospital del Amor de Dios, dedicado a brindar atención a los afectados por sífilis, mal de bubas y mal gálico. Este centro de sanación recibía la protección de los santos médicos Cosme y Damián. La dirección del hospital recaía en un patronato liderado por el monarca, con supervisión eclesiástica del arzobispado. Anualmente, se informaba a las autoridades virreinales sobre la administración de sus activos.

Ubicado en el sitio de la antigua prisión del arzobispado, el hospital se erigió inicialmente en estos terrenos y posteriormente se expandió utilizando las casas pertenecientes al colegio de niñas indígenas. Sus instalaciones incluían secciones separadas para hombres y mujeres, una destinada a pacientes bajo tratamiento de unciones y otra para convalecientes.

Hospital Amor de Dios

En sus inicios, el hospital disponía de cuarenta camas. Sin embargo, hacia finales del siglo XVIII, esta cifra se había incrementado significativamente, alcanzando un total de ciento cincuenta camas.

En el año 1786, el arzobispo Alonso Núñez de Haro determinó el traslado de pacientes con sífilis a la sala de enfermos venéreos en el Hospital General de San Andrés. La falta de recursos para la construcción de un edificio especializado llevó a la decisión de convertir el espacio en la futura sede de la prestigiosa Academia de San Carlos en años subsiguientes.

Hospital real de San José de los Naturales

Hospital Real de San José de los Naturales

Este hospital, fundado gracias a una cédula soberana emitida el 18 de mayo de 1553, desempeñó un papel crucial al brindar atención médica a la población nativa en su momento. Su emplazamiento original yacía en las cercanías de lo que hoy se conoce como el Eje Central, precisamente entre las calles Victoria y Artículo 123. Actualmente, el área alberga la estación del metro San Juan de Letrán.

Durante los años 1576 y 1577, este recinto hospitalario desplegó sus numerosas salas para abordar una grave epidemia de influenza que afectó a la población. Es importante destacar que aquí se alcanzaron significativos avances en el campo de la ciencia médica.

Según el relato del cronista Agustín Dávila Padilla, en 1576 el doctor De la Fuente llevó a cabo la primera disección de un indígena en el Hospital Real de México. Esta acción se realizó en compañía de otros médicos con el objetivo de estudiar la enfermedad y aplicar remedios efectivos. A medida que las disecciones se volvieron habituales, el Hospital de Naturales adquirió un papel protagónico.

Hospital real de San José de los Naturales

Hacia el año 1762, el hospital ya contaba con un anfiteatro donde la Real Escuela de Cirugía llevaba a cabo dos estudios anatómicos cada mes. Además, las cátedras de anatomía y cirugía de la universidad se impartían en este mismo lugar. Más allá de su rol en la educación médica, este hospital albergó también el teatro Coliseo, donde se realizaban eventos con fines recaudatorios para brindar atención médica a los enfermos necesitados.

Con el paso del tiempo, la relevancia del hospital comenzó a menguar, y en febrero de 1824, sus instalaciones se adaptaron para albergar la escuela de agricultura. Finalmente, en 1933, se procedió a su demolición como parte de las obras de ampliación de la calle San Juan de Letrán.

Hospital de San Hipólito

Hospital de San Hipólito


En 1566, fray Bernardino Álvarez erigió esta institución pionera: el primer manicomio en el continente americano. La atención de este establecimiento estuvo en manos de la orden de San Hipólito de la Caridad, bajo cuyo nombre se reconoció desde su inicio.

Tras superar los desafíos turbulentos de la guerra de Independencia nacional, en 1821, la orden se desvaneció, pasando la administración hospitalaria a civiles. Este cambio reflejó la transformación más amplia de la sociedad, donde las instituciones de salud se traspasaron a las autoridades laicas.

Hospital de San Hipólito

San Hipólito ofreció sus servicios hasta principios del siglo XX, momento en que, conmemorando el centenario de la Independencia en 1910, surgió el Hospital General de La Castañeda al sur de la ciudad. Como resultado, este enclave histórico cerró, derivando a los pacientes hacia la nueva entidad médica.

Hospital de san Juan de Dios o de los Desamparados

Hospital de San Juan de Dios o de los Desamparados

En torno al año 1586, se erigió el Hospital de los Desamparados en el sitio previamente ocupado por la estructura conocida como Casa del Peso de la Harina, originalmente utilizada como almacén de harina. La gestión de este hospital fue asumida por la orden de San Juan de Dios en 1604.

Su claustro estaba enlazado a la sacristía de la iglesia de San Juan de Dios, lo que pronto le valió la asociación con este nombre.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, en la época del Segundo Imperio, estas instalaciones albergaron el naciente Instituto de Salud, destinado a la atención especializada de mujeres involucradas en la prostitución y se convirtió en un centro de referencia para el tratamiento de enfermedades venéreas.

De aquí nació su enfoque como Hospital de la Mujer. En 1931, el ex Hospital de los Desamparados obtuvo la distinción de monumento nacional y en la actualidad brinda espacio al Museo Franz Mayer.

Hospital Real de Nuestra Señora de la Pura

Hospital de Terceros de San Francisco u Hospital Real de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción

En 1717 emergió la necesidad imperiosa de establecer una nueva institución hospitalaria que tuviera como primordial objetivo la atención médica tanto para los miembros de la orden franciscana como para toda la comunidad en general.

Una vez obtenidos los preciados respaldos tanto reales como pontificios, los franciscanos emprendieron incansables esfuerzos para recaudar los recursos necesarios con el fin de materializar su encomiable propósito.

Esta labor fue llevada a cabo con una tenaz perseverancia que permitió la realización sin interrupciones de este grandioso proyecto. El hospital abrió sus puertas en el año 1760 y desempeñó su función hasta la segunda mitad del siglo XIX.

Como un detalle curioso y memorable, es digno de mención que en una de las estancias de este nosocomio trascendental falleció María Ignacia Javiera Rafaela Agustina Feliciana Rodríguez de Velasco y Osorio Barba Jiménez Bello de Pereyra Hernández de Córdoba Solano Salas Garfias, conocida comúnmente como la renombrada «Güera» Rodríguez.

Esta distinguida dama criolla ejerció un papel significativo como promotora del movimiento independentista. Debido a las reformas introducidas por las Leyes de Reforma, la administración de los hospitales dejó de ser responsabilidad de las órdenes religiosas.

En el año 1863, la gestión del Hospital de Terceros fue entregada a civiles, y, al igual que en otras situaciones, dejó paulatinamente de operar como una instalación hospitalaria para adquirir nuevos usos.

Esta edificación llegó a servir como la sede del segundo Imperio mexicano y posteriormente albergó la Escuela de Comercio, además de ser el hogar de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Para el año 1900, el antiguo hospital desapareció para dar paso a la construcción del majestuoso Palacio de Correos, cuya construcción llegó a su culminación en 1907. Hoy en día, este edificio se alza como uno de los pilares más emblemáticos en el contexto arquitectónico del Centro Histórico.

Hospital de San Andrés

Hospital General de San Andrés

En 1572, los jesuitas llegaron a la Nueva España, estableciendo diversas instituciones educativas, entre ellas el noviciado de Santa Ana. Abierto en 1626 en la histórica calle de Tacuba, esta orden se transformó en el colegio de San Andrés en 1676. Sin embargo, en el siglo siguiente, los jesuitas cayeron en desgracia ante las autoridades debido a acusaciones de agitación política. El 2 de abril de 1767, por orden de Carlos III, fueron expulsados de la Nueva España.

Al mismo tiempo, una epidemia de viruela devastaba la población, lo que requirió la creación de un lugar para atender a los enfermos. Así, en 1779, el colegio comenzó a funcionar temporalmente como hospital. Esta decisión resultó sumamente exitosa y en solo dos años se oficializó como hospital general, con una capacidad que podía llegar a atender hasta mil pacientes.

El hospital de San Andrés se convirtió en el último establecimiento de su tipo bajo el dominio español en la capital novohispana, adoptando un enfoque moderno al brindar servicios a la comunidad en general.

Hasta 1861, el hospital estuvo bajo la administración de la mitra metropolitana, momento en que pasó a manos de las autoridades civiles. Su labor se expandió más allá de la medicina, convirtiéndose en un centro asistencial y educativo hasta 1905. Incluso, desde 1806, se impartió la cátedra de medicina práctica, auspiciada por el arzobispo don Francisco Javier de Lizana y Beaumont.

En junio de 1867, tras la ejecución de Maximiliano de Habsburgo en el Cerro de las Campanas, el cuerpo del emperador fue embalsamado en la capilla de San Andrés. No obstante, debido a problemas en el procedimiento, se tuvo que repetir el proceso, llevándose a cabo en dicha capilla.

En el primer aniversario de la ejecución, se realizaron homenajes a Maximiliano en San Andrés, acompañados de discursos en su memoria. Sin embargo, las autoridades liberales interpretaron esto como una connotación monárquica y, por ende, ordenaron la demolición de la capilla. Juan José Baz y Palafox se encargó de esta tarea, dando lugar a la actual calle Xicoténcatl, que separa el antiguo recinto del Senado de la República y el Museo Nacional de Arte.

Hospital de San Andrés

Un logro significativo del hospital de San Andrés fue el progreso en términos de equidad de género. En 1873, Matilde Montoya Lafragua inició sus estudios médicos bajo la tutela de Manuel Soriano, marcando un hito importante. Matilde Montoya Lafragua se convirtió en la primera médica de México, dejando un legado duradero en la historia de la medicina.